Contra la ropa de control, las fajas y los brasieres rellenos de espuma de colchón

La conquistadora es la mujer, es ella quien escoge, es ella quien decide por quién quiere ser mirada, por quién quiere ser conquistada, a quién le quiere despejar el camino para que desarrolle su papel de galán: un caballero que conquistará a la dama.

La mujer tiene encantos naturales para atraer al hombre pero también se vale del artificio para hacerse mirar con mayor énfasis. Usa maquillaje, se peina, usa zapatos de todos los colores, diseños y tacones y sobre esos zapatos se inventa formas de caminar y de correr y finge que lo hace de forma natural pero todos sabemos que quiere reafirmarse cada día, quiere seguir vigente aunque tenga doce o aunque tenga ochenta y seis años.

Quiere que la miren, la deseen, quiere amor, quiere llenar el vacío que la invade aunque lo tenga todo. Quiere ser mirada por todos, por hombres y mujeres, quiere escandalizar, quiere devorar el mundo, no intenta estimular la mirada de un hombre en particular sino la de todos, quiere ser modelo o maniquí ambulante. ¡Es todo tan asqueroso!

El colmo del artificio es sacarse la grasa del cuerpo en una sala de cirugía, inflarse o desinflarse las tetas con bombas de caucho dentro de los senos naturales, cortarse las piernas y ponerse extensiones con varillas metálicas para parecer un poco más alta encima de sus tacones. Una cirugía lleva a la otra y hay mujeres adictas a las cirugías que terminan pareciendo monstruos. Llaman la atención, todos las miran, nadie las desea porque esas mujeres inspiran miedo, ellas representan el grito desesperado de millones de mujeres que desean ser miradas pero qué mujer desea ser mirada como si se tratara de un payaso triste, una caricatura de la belleza. La respuesta es sencilla: ninguna desea ser vista como la encarnación de la mujer desesperada, ávida de abrazos, de besos y de palabras llenas de admiración. Pero en el mundo, en los centros comerciales, lo que más abunda son las mujeres desesperadas. Y tanta desesperación espanta a los hombres, los asusta. Muchos de ellos han decidido hacerse homosexuales por miedo a ser devorados por una diosa de centro comercial.

Cuando las mujeres no se atreven o no cuentan con el dinero para transformar el cuerpo con cirugías estéticas recurren a artificios al alcance de su presupuesto: fajas, ropa de control, calzones y brasieres rellenos con espuma de colchón.

Esas prendas son mucho más desagradable que la cirugía estética porque son la caricatura de la mujer que quiere verse como una muñeca inflable, es decir, la que recurre a las cirugías. Las fajas asfixian y afectan la forma de caminar, respirar y hablar. Lo saben las mujeres y lo notan los hombres. La ropa de control es familiar cercana de la faja y en muchas ocasiones no hace ver más delgada a la mujer sino que la convierte en un ser de aspecto grotesco porque la grasa que quiere ser disimulada se concentra en otra parte del cuerpo, casi siempre en el cuello o en la espalda.

Siempre que veo a una muñeca de estas en la calle, sea con cirugías o con ropa falsa me pregunto cómo afrontan la experiencia de la desnudez, cómo enfrentan al macho que han conquistad0 cuando se despojan de sus calzones y sus brasieres rellenos, qué sienten cuando su gordura cae al ser despojada de la faja y la ropa de control, cómo afrontan la celulitis, las estrías y la flacidez, cómo se entregan a los placeres del cuerpo si ese cuerpo desnudo no es el cuerpo que parecía insinuar la ropa de control. Un amigo me dijo que las muñecas inflables y las expertas en tacones y en caminada de pasarela por los pasillos del centro comercial no sienten, no gozan, algunas cobran por dejarse tocar una pierna o una teta, pero se sienten mejor cuando se ven vestidas, desnudas no son nada, piden siempre que todo pase con la luz apagada porque cuando se desnudan desaparece todo lo que habían ofrecido a su galán de turno.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

Es más fácil si buscas mi nombre en Google.

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