El error de mi hermana

Mi hermana y yo vivimos toda la infancia en la misma casa, una casa a la antigua en Bogotá: cuatrocientos metros cuadrados para jugar. Casa con dos patios, tejado, barandas, celosías y una terraza inmensa. En esa casa jugamos todo tipo de juegos, mi papá la construyó a prueba de niños juguetones. Mi hermana se casó, compró un lote con su esposo, construyeron su casa cuando empezaban a escasear los lotes en Bogotá, una casa con una sala inmensa, patio trasero y vecinos; los dos niños tenían amigos en la cuadra para crecer, para jugar, dos niños necesitan más hermanos, pero como no pueden tener más hermanos deben tener amigos vecinos.

Como en Bogotá se ha puesto de moda vivir en conjuntos cerrados organizados por torres y con estrato, ella decidió tomar la peor decisión de su vida: arrendó la casa grande de barrio y la cambió por su apartamento grande, que no será nunca comparable a la grandeza de una casa hecha a la medida y según los gustos de quien la construye. Un apartamento en la torre 3 13-03, estrato cuatro.

Ayer tuvimos un gran encuentro familiar en la casa de mis papás y mis hermanos menores, una casa grande, no tan grande como la casa en la que viví desde que nací hasta los 34, cuando decidí pasarme a mi propia casa, una casa sin patio ni terraza; en Bogotá no construyen casas bonitas para una persona sola, si la casa es grande tiene cuatro habitaciones y cinco baños, son espacios grandes para hacinar gente. Mientras los adultos estábamos en la sala, los niños estaban en la terraza jugando, compitiendo, los niños de mi hermana no se pueden comparar en sus destrezas físicas con los niños que viven en la casa en la que viví cuando era niña. Los sobrinos superdotados, los de mi hermana, se acostumbraron a su apartamento con la supervista y no salen de ahí, creo que mi hermana le robó a su niño de ocho años el placer de vivir en una casa grande en un barrio cualquiera, sólo por el placer de responder ante la típica pregunta bogotana: ¿Dónde vives?

A veces lamento que Bogotá se esté “desarrollando”, la familia se está desintegrando, la gente está cada día más hacinada y algunos se siguen reproduciendo al mismo ritmo de hace veinte años. Yo rompí el esquema de mis hermanos mayores al decidir no casarme ni tener hijos, mis hermanos menores parece que van a seguir mi ejemplo, el de 29 ya está pagando su apartamento para empezar a vivir solo dentro de seis meses. La soledad no es para todos, es una elección, sería horrible que terminara convertida en lo normal, lo natural. Eso tampoco me gusta.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

Es más fácil si buscas mi nombre en Google.

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