Las carticas que me enviaba @contextualista

Hay personas que me tratan como a una condesa y luego quedan mudos. Nunca he entendido por qué. Me dicen cuánto me admiran, tratan de describir cómo funciona mi red neuronal, me comparan con los grandes y me escriben extensas cartas para lograr que la admiración brote de mis dulces y carnosos labios.

Hoy quiero compartir con ustedes una pequeña muestra de las decenas de mensajes zalameros de un tuitero que juró no volver jamás a esta desagradable red social. Enmudeció para siempre en mi cuenta de Gmail (porque le sugerí que me escribía demasiado y me halagaba más de lo este pobre corazón sencillo puede soportar) y regresó a Twitter en forma de @contextualista. Nunca jamás me volvió a dirigir la palabra. Creo que herí sus sentimientos.

¿@contextualista es un homenaje sincero a la pobre @ensayista? ¡Quiero pensar que sí!

Los dejo con los profundos aportes de Un admirador y les quiero pedir un favor:

Si soy digna de admiración díganmelo con confianza pero sin asfixiarme:

… Ayer cuando le dije que disfrutaba la forma como entraba al baile con las manos por delante quitando máscaras, pensaba en una mujer que en estrépito interrumpe cualquier baile veneciano, o mejor, que entraba gritando al set de grabación de Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick gritando

“¡¡¿¿Qué es esta maricada??!!”

Entonces pensé en esa chispa que hemos perdido, entonces pensé en cómo la falta de arrojo se remplaza por los moldes que elegimos, pretendiendo salir positivos luego de ser vaciados. Y todo se vuelve una pose de adolescentes refinados. Entonces aparecen los niños y las niñas genio que necesitan aplauso y que corren frenéticos a él; entonces aparecen los vergonzantes que lastimeros hacen de la miseria de los pobres su bandera y su experiencia de orden superior. Entonces aparecen todos los perros de mercado de pueblo viejo queriendo un pedazo del gomelo del que nadie sabía que era menos que nadie.

Pensaba en usted, y deseé volver a clase, porque sacar a pasear las palabras sin llevar tras de sí las cosas se ha vuelto un trámite fácil en la fragilidad de gente fragmentada que escribe en retazos. Entonces pensé en usted, con la máscara corrida y envuelta en un tufo de anís, riendo mientras todos se le quedan viendo sin saber qué hacer, sin saber que es precisamente ese no saber lo que los hizo del montón.

Debo concederle por homonimia varias razones, pero la principal de ellas es mi fragilidad. No quiero hacer de mi resistencia una premisa dramática, debo solo insistir en que una duda es esa que hecha manifiesto, tal vez encuentra eco en geografías exteriores, como la suya. Tal vez me puedo volver un sociópata por cuenta y riesgo de la náusea que me produce esa gente que quiere a toda costa salvar a los demás a la fuerza, pero no más que de aquellos con superioridades morales chuecas que criticaron a la universidad de la Sabana por un solo médico, etiquetándola desde sus propias etiquetas.

Esto de la red también se ha vuelto un inventario de soliloquios victimizados.

Frente a el asunto de “esa gente es la peor”, y la consecuencia material de “…lo mejor es hacer de cuenta que no existen”,debo decir en mi favor que lo intenté con las estratagemas propias de Twitter, silenciándolos o bloqueándolos, pero algunos de ellos son como las moscas que espantas pero que vuelven revoloteando de distintas formas. Esto de los divos y las divas contraculturales me produce inquietudes existenciales frente a esa opinión disfrazada de libertad de expresión. No es un secreto que todos parecen dominar los temas en razón de las agendas noticiosas, y terminan condenando sin distinguir los valores éticos, de los morales, los jurídicos y los políticos. Todo se establece desde el marco de discusiones estériles y sin contexto.

A alguien le gusta una película que a otro podrá no gustarle, al uno podrá interesarle el tema del fútbol como a otros no. A muchos les importará debatir si Santos entrega al país como a otros solo les interesa esa paz a como dé lugar en oposición a esos que les interesa la guerra del mismo modo. No habría inconveniente en el intercambio de las opiniones desbordadas, si las mismas no estuvieran soportadas en ideas desajustadas.

Frente a aquello de “la soledad no se cura con nada”, no me queda otro recurso que decirle que esta plataforma que viene y va en el ejercicio de escribir, me revela en todo como alguien que ya estaba solo aun en medio de la ruidosa interacción virtual.

Encuentro que demasiadas coincidencias entre nuestros puntos parecería suspicaz, pero no debo hacer otra cosa que reírme y ratificar aquello de la formación de las personas en el uso de Objetos Virtuales de Aprendizaje. Una suerte de aparatosas maniobras para reflexionar sobre asuntos resueltos y obvios. Hablan de prosumidores mientras se contradicen en gimnasias de gurus cibermediales para enseñarle a la gente a usar una tecnología que ya de por sí usan. Alguna universidades hasta contratan talleristas para enseñarle a algunos docentes las maneras de usar una red social como Twitter. Perdón, pero todavía soy de los que cuando oye el concepto Nativo Digital piensa en una persona perteneciente a una minoría étnica indígena usando Tablet o Smartphone.

Ese forzado traslado de los paradigmas propios de las ciencias básicas al terreno de las humanidades, me ha hecho reír tanto o más que el maniqueado concepto de tejido social.

Por ahora me reporta un poco más de beneficio no dármelas de multitask, por el momento me siento en otro centro de gravedad al destetarme de las interacciones parciales y forzar mis neuroconectores a asuntos de mayor complejidad, como ampliar estas ideas.

Vuelvo al comienzo, a manera de peroratio pues como verá me es imposible desligarme de mi oficio en la retórica: gracias por el digno de él, lo recibo de manera humilde, legítima y auténtica, por este nuevo placer de escribir sin firmarme.

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Alguna vez coincidí como jurado de una convocatoria “cultural” con la señora que fuera directora de la revista “cultural” llamada Arcadia, resma de papel entintado de lugares comunes a la celebración de los eruditos que aun creen que la cultura es una experiencia refinada sobre bienes distinguidos.

No dejé de observar con atención a aquella mujer que alguna vez gastó tiempo y neuroconectores en una columna sobre por qué no salir con las amigas a comprar un bluyín. No encontré en sus posturas algo ajustado al motivo de la evaluación, permitir que publicaciones “culturales” emergentes recibieran un apoyo institucional.
Lejos de esa, nuestra meta, la encontré fiel a esa segregación ilustrada que divide al que mucho sabe del que sabe poco, como si de nuevo, la acumulación enciclopédica fuera un lugar de celebración. Desde ese día, aumentó mi gusto por eso que antes le anotaba, es mejor la intuición. Lo particular de aquel día es que estaba vestido de rosado, y no pude evitar intertextualizarla con otra columnista que a su vez gastó tiempo en una diatriba feminista sobre el rosado. Mi conclusión, con mi tratado sobre la Opinión Chatarra en ciernes, es que finalmente también hay que celebrar la pendejada de leerlas y la pendejada de criticarlas, es en esas diferencias que algo puede pasar, aunque sea una pedrada que nos acabe como a los dinosaurios.

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En relación a Vladdo, mi sospecha recae en esa extraña aura de “mujer con pipí” que busca a toda costa redimirse y/o congraciarse con el género femenino. Recuerdo que fue materia de varios chistes entre Alba, Lucero, Yolanda, Gloria e Ivón. Mis hermanas mayores. Todas ellas, al lado de hombres maravillosos, padres de sus hijos, discutían sobre la “estrechez sexual” y la etiqueta que este malparido hacía crecer en una sociedad hecha a la medida del chiste ligero sobre lo que supuestamente somos los hombres. Creo con sinceridad que este celebrador de la mujer carga sobre su espalda la ligereza del hombre mal tratado y mal querido, que en el ánimo de ese ego herido del aplauso, hizo carrera con una mujer caricatura, victimizándola en tal grado que lo único que ha creado es un tamiz de fantasías aterradas sobre los hombres. Hombres, somos de todos los tipos, mujeres que ríen con Vladdo una sola: aquella con la destreza de repetir el patrón de hombre que está habituada a cargar para no sentirse anulada o incómoda en un escenario en el que sería incompetente, el de un hombre distinto.

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La indignada: “¿Te gusta lo que hace Elsy?”.

@contextualista: Y entonces tuve que resolver en un giro dramático al estilo de la mierda que se comería al final el coronel cuando vio que no le escribían:

“Todos tenemos facetas, y no en todas las facetas caben todos los afectos”.

Mi compañera de mesa apuró un insípido jugo de mora, hizo la pausa y respondió:

La indignada: “O sea, celebras lo que hace al escribir sobre otras personas”.

@contextualista: Perdonen la hondura de esto que diré, pero entonces pensé en cómo la pobre sin querer condenó a la humanidad entera por ser una humanidad llena de humanos hablando de otros humanos. Pensé en las lágrimas de Homero al saber que esta sujeta (para ser incluyente y que después Florence no me calumnie) lo condenaba por hablar de Telémaco, la calienta güevos de la mamá y el viajero de negocios de su padre.

Como bien pude haberme equivocado en mi percepción, pedí algo de ruta, y entonces me encontré sancionado por leer a alguien supuestamente sancionable. Y tuve que pensar en qué era la sanción. Pero en particular, tuve que pensar de nuevo en esta horda de celebradores de la sanción que no separa asuntos, que se unge de análisis pero que carece de capacidad relativa a los contextos. Lo que haga Elsy con las celebridades, es asunto de Elsy. Lo que haga usted leyendo tales diatribas, es su asunto. Mientras no separen cada cosa en la libre administración de su ocio, no dejarán de ser morbosos y aguapaneleros que se divierten y después se confiesan. Porque de eso está hecha hoy esta trama de la red.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

Es más fácil si buscas mi nombre en Google.

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