Lo real es el azar

El ser humano está constituido por tres entidades delimitadas y complementarias: el cuerpo (la materia), el alma (los sentimientos) y la mente (el intelecto o la racionalidad), también cuenta con la posibilidad de expresar lo que su condición conlleva a través del universal llamado lenguaje articulado, éste le brinda la posibilidad de expresarse a sí mismo tanto como al exterior; Si la exteriorización se realiza a través de la escritura el proceso puede llegar a ser más explícito que si se realiza a través de la oralidad debido a que la escritura permite tomar distancia de la propia experiencia, revisar permanentemente las propias reflexiones y explicar, a partir de la selección de las palabras más precisas, aquello que ha sido tan importante y, con un poco de esmero y paciencia, vale la pena narrar. Si cada quien hiciera de su propia experiencia un ejercicio restrospectivo con el solo propósito de aclarar los hechos ocurridos, si se atreviera a narrar por escrito cada detalle del camino que ha recorrido, es probable que pueda seguir caminando con menos incertidumbre y mayor responsabilidad, con la ilusión de que su vida es el resultado del cálculo, la perseverancia y la responsabilidad, que el tan anhelado proyecto de vida se ha materializado a través de una nítida línea recta que se dirige siempre hacia el infinito, la vida se constituye, entonces, en un plácido viaje a través de un paisaje en el que todo es bello y pefecto; si las cosas no van bien, en el sentido que han tomado el camino que no habíamos proyectado, se puede llegar a la triste y fácil consideración de que cada acto de la vida por minucioso y concreto que haya sido en el momento de ser sólo un proyecto, en un abrir y cerrar de ojos puede verse desfigurado o aniquiliado por designios del azar.

Al parecer, la base del equilibrio se funda en el amor: el amor al cuerpo expresado a través de ejercicio, la higiene, la nutrición; el amor al alma a través de la realización de valores como la sinceridad, la generosidad, el desinterés, el ánimo ante la adversidad, la búsqueda del placer, y, por último, el amor al intelecto, expresado a través de actividades que exigen la realización de procesos mentales con altos grados de concentración y abstracción a través de ejercicios como la lectura, la escritura, la elaboración de objetos, la apreciación de obras de arte. Quienes privilegian el amor hacia el cuerpo suelen descuidar el alma y el intelecto, quienes consagran su vida a perfeccionar el alma suelen despreciar el valor y los cuidados del cuerpo, quienes dedican la mayor parte de su vida a cultivar el intelecto, con frecuencia desprecian los placeres que brinda el cuerpo y el alma. Cuando la vida ha transcurrido bajo parámetros sólidos y bien delimitados en los que una de las tres dimensiones -cuerpo, alma o intelecto- ha entrado en conflicto con las demás porque se le han concedido demasiados privilegios, la crisis no se hará esperar, es la mejor manera de hacer manifiesto el abandono o la falta de equilibrio, entonces vendrá la desesperación, el cansancio, la depresión y la injusta o débil valoración de las propias cualidades, bajo estas condiciones el monje desprecia la vida, la modelo de pasarela desprecia la vida y el intelectual consagrado desprecia la vida; el monje sueña con ser modelo de pasarela, el intelectual quiere hacerse monje y a la modelo de pasarela se le antoja consagrarse como intelectual.

La vida puede concebirse como compromiso, carga, condena, placer o curiosidad, depende del momento en que se valore el hecho de estar vivo, del pasado y del presente; la intepretación de la propia vida siempre es subjetiva y la valoración que hacemos de la vida de los demás depende casi siempre de nuestra propia experiencia. Es poco lo que se puede hacer cuando se interpone el azar en la realización de los más grandes o altruistas deseos humanos, algunas personas se concentran en la tarea que han dado en llamar la razón, centro y fin de su vida, cuando más embebidos se hallan, consagrados a la realización de su proyecto personal, de pronto llega, sin avisar, de manera intempestiva y para alterar de manera radical algunos valores muy bien sustentados, el amor, la vejez, la enfermedad, las dificultades económicas, los desastres naturales y en el más desalentador de todos los casos, la muerte.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

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