Memorias de una ensayista colombiana

Comencé a leer Chapinero de Andrés Ospina. La primera narración -titulada “Lorenzo”- no tiene gracia, sentido ni humor pero me llevó a recordar una historia vivida por mí hace veinticinco años. La bonita historia comenzó en una compraventa de Chapinero, como en el cuento de Andrés Ospina; pensé que podría narrarla y narrar de paso otras seis o siete historias ocurridas en 1989, cuando yo tenía apenas 19 años y soñaba con una vida de placeres inspirada en algunos libros que había leído, especialmente soñaba con ser como la heroína de Memorias de una cantante alemana. Ese libro me llevó a interesarme mucho en el tema y entre 1985 y 1989 me documenté con los clásicos de la psicología y la sexología moderna con la ilusión de ser como ella, como la mujer del libro. No lo logré, después supe que todo es literatura. Anoche, antes de dormirme, pensé que en mi lejana juventud viví historias porno-eróticas dignas de ser inmortalizadas a través del estilo que me caracteriza. No es fácil recordar todos los detalles de historias vividas hace un cuarto de siglo, pero voy a esforzarme. Si no recuerdo el rostro, el nombre, la mirada y la sonrisa del protagonista; si no recuerdo el lugar exacto donde ocurrieron los hechos, los llamaré simplemente X o Y, como en las novelas eróticas anónimas del siglo XVIII. Sin más preámbulos comencemos (no olvide el lector que todas las historias ocurrieron en el mismo año 1989, cuando yo tenía apenas 19 años):

Alberto

Alberto estaba enamorado de mí, no recuerdo nada de él, ni su rostro,ni  su voz, ni su mirada ni por qué éramos amigos. Sólo recuerdo que Alberto era dulce, joven y amable conmigo pero a mí Alberto no me gustaba. No entiendo por qué terminé en un paseo de fin de semana con él en compañía de esas personas a las que tampoco recuerdo. Sólo conocía a Alberto, a nadie más. La cita era en una compraventa de Chapinero. Y, claro, vi a los mariachis esperando al cliente, los moteles, la Caracas, las compraventas… Chapinero por las Caracas no es un sitio para caminar sino para ver desde la ventana del bus, la buseta, el colectivo, el taxi o transmilenio, la Caracas nunca ha sido un hermoso lugar para caminar y contemplar el paisaje. Llegué, entré a la compraventa, saludé, no recuerdo haberme arrobado de emoción estando dentro de ese lugar, viendo las “antigüedades” que ponen a suspirar a Andrés Ospina. Y eso que era una compraventa inmensa y bastante variada. Yo estaba entusiasmada con lo que me había prometido Alberto, no estaba pensando en nostalgias sino en diversión. Sospecho que bebimos, en esa época no era prohibido conducir bajo el efecto del alcohol y a mí me encantaba beber con moderación con conductores que también bebían con moderación mientras atravesábamos una trocha o una curva peligrosa en medio de la noche o cuando por exceso de velocidad había momentos en los que el carro quedaba suspendido en el aire, como en Los magníficos.

No recuerdo quién era el conductor, hacia dónde nos dirigíamos, cuántas personas íbamos dentro del carro; recuerdo que llegamos a nuestro destino y yo estaba dichosa porque podría nadar de noche en uno de esos lugares de Colombia con la temperatura perfecta para estar en vestido de baño a las diez de la noche sin sentir frío ni calor. Sospecho que la bendita casa que nos acogió estaba a menos de dos horas de Bogotá. Era una casa inmensa disfrazada de balneario y como me domina el espíritu deportivo me divertía más en la piscina y en los columpios que en la pista de baile y con el alcohol. Alberto estaba un poco triste porque nadaba, bebía, me columpiaba y bailaba más con los otros niños que con él. No recuerdo rostros de hombres viejos, recuerdo que los bailarines y los nadadores eran niños como yo. Recuerdo el rostro de dos niños que querían jugar conmigo. Recuerdo que les di dulces y apasionados besos a los dos y cuando quisieron ir un poco más allá les recordé que me gustaba mucho nadar y entonces nadábamos de nuevo.

Pasé de largo esa noche, no dormí ni un minuto. Cuando amaneció caminamos por una camino de herradura, esos caminos que tanto me gustan, y rumbo al pueblo hubo más besos con uno de los niños, el otro se quedó en la casa; con él nos divertimos en la piscina cuando regresamos del pueblo. Yo quería desayunar en el pueblo, le confesé a uno de los niños y él feliz y complacido se dispuso a acompañarme. Desayunamos, él me dijo que podríamos amarnos más intensamente, yo le dije que no lo daba por un desayuno y seguimos conversando, volvimos a la casa, volvimos a nadar.

No recuerdo lo que ocurrió durante el día ni nada del regreso. Recuerdo que esa fue la única noche de mi vida que pasé de largo porque tantas emociones me afectaron un poco la memoria, se me recargó el cerebro, casi no podía conciliar el sueño por exceso de emoción.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

Es más fácil si buscas mi nombre en Google.

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