Mi esmerada formación académica

Mi primer encuentro con la Escuela fue a los cinco años, nunca lo olvidaré. Ese día me sorprendió el despertar de la conciencia y entendí dos cosas sin necesidad de saber leer ni escribir: no me gusta estudiar en salones de clase y no me gusta madrugar.

En Primaria fui buena estudiante hasta que un día, cuando tenía nueve años, descubrí que podía prescindir de la vida cuando quisiera, porque era mía -lo único que de verdad me pertenecía- y entonces decidí lanzarme de la terraza de mi casa para saber si era verdad y ese día descubrí que soy inmortal. El golpe me despejó la mente, lo empecé a ver todo diferente y los profesores también, me miraban como si fuera un ser sobrenatural, me trataban con especial cuidado, no sabían si era muy frágil o si no podían confiar en mí.

Terminé la Primaria y empezó la verdadera tortura: la mediocridad sin límites de los profesores de bachillerato y la estupidez sin límites de los estudiantes de bachillerato. Yo sabía más que todos mis profesores y era mucho más inteligente que todos mis compañeros. Cuando tenía trece años descubrí la biblioteca Luis Angel Arango. No sé cómo ni por qué terminé en la hemeroteca de esa biblioteca. Ese día supe que la verdadera educación estaba ahí, en los libros que leía por curiosidad, sin necesidad de profesores, cuadernos ni uniformes; sin filas, izadas de bandera, salones ni entregas de boletines. Recuerdo que cuando tenía quince años había leído casi todos los libros de la hemeroteca. Me gustaba pasar tardes enteras ahí mirando diccionarios, enciclopedias y colecciones de frases célebres.

Varias veces renuncié a mi educación y por eso terminé con mi título de Bachiller cuando la persona ideal debería estar terminando una carrera profesional. Estaba decidida a ser autodidacta, me quería demostrar a mí misma que podía ser mi propia profesora.

Mi hermana ha sido fundamental a lo largo de mi vida, si no hubiera contado con la presión de ella durante la infancia y la juventud me hubiera quedado con tercero de primaria. Ella tenía claro que en Colombia la valía de una persona depende de los diplomas y las actas de grado que tenga guardados en un sobre de manila, así de tonta es la mayoría de la gente. Mi hermana tenía razón, ella siempre tiene la razón.

Después de varios años de rebeldía terminé estudiando una carrera en la mejor universidad de Colombia, se supone. Allá no aprendí mucho pero conocí a un profesor que me convenció de que también tenía que hacer una maestría porque, decía él, no me podía quedar con un mísero titulo profesional. Con ese hombre maravilloso aprendí más siendo su asistente y conversando en el comedor de su casa que con las malditas horas pasadas y perdidas en un salón de clase. Su biblioteca estaba a mi disposición y él pensaba que me podría ir bien en la vida aunque nunca supe qué concebía él como triunfo y como fracaso. Para mí triunfar en la vida es comer y dormir bien, con eso me basta. Mi profesor era, claro, un gran intelectual con premios de poesía y de crítica, un hombre digno de admiración.

No estoy dispuesta a pagar un peso por estudiar, entonces busqué una beca completa con café, almuerzo y ruta y allá hice mi maestría, tenía que demostrarle al mundo que valía por un pedazo de papel llamado Diploma y me sometí a esa humillación.

Cuando terminé la maestría era una lumbrera intelectual reconocida por mis profesores y mis compañeros. Algunos escritores colombianos sabían de mi existencia también. ¿Por qué? Nunca supe por qué.

Ahora esperaban que me hiciera doctora y postdoctora, me fuera del país, dictara conferencias, escribiera libros y asumiera la pose que me correspondía según el rango, un rango que yo nunca deseé. No soporté más presión estúpida y decidí parar. Creí que era suficiente con llegar hasta ahí, no tenía por qué seguir complaciendo al público, no tenía que demostrarle a nadie más que tenía talento porque estaba segura de que lo tenía.

Yo hubiera sido feliz si me hubieran dejado leer en paz. Me hubiera encantado quedarme con mi tercero de primaria. Lo único que necesitaba era que me enseñaran a leer y a escribir. No necesitaba nada más.

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Autor: Elsy Rosas Crespo

Es más fácil si buscas mi nombre en Google.

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