De la pantalla al papel

La mayoría de la gente no sabe por qué usa redes sociales

La mayoría de la gente no sabe para qué sirve crear y nutrir un blog

La mayoría de la gente no sabe quién es, qué quiere, que le gusta, de dónde viene ni para dónde va.

En tiempos de redes sociales y de telefonía móvil todos parecemos nivelados por lo bajo, parecemos parte de la masa y nos confundimos con la masa para poder analizar a la masa de primera mano, sin intermediarios ni intérpretes. Puro trabajo de campo permanente y en pie de lucha no precisamente para adoctrinar sino para educar, educación con látigo hasta que todos entiendan la lección.

Hay quien cree que los lectores, los profesores y los intelectuales no deben estar aquí porque son gente seria y distinguida que no se junta con la masa infame y que sigue investigando a la usanza antigua, como en pleno siglo XX.

¡Ellos son los que se pierden la experiencia!

Desde 1999 publico en internet porque quería saber qué significa ir contra la corriente, no del papel a la pantalla sino de la pantalla al papel.

El papel es del siglo XX y la pantalla es del siglo XXI pero en todo proceso de transición pesa más lo antiguo, que se resiste a morir y a desaparecer como desaparece todo en la vida.

Como lectora de libros en papel que alcanzó a publicar en papel y luego se pasó a la pantalla puedo contarles que pasar de la pantalla al papel es mucho más revelador cuando se trata de seleccionar lo más bochornoso de un blog que lo más selecto de una serie de ensayos eruditos escritos por la intelectual seria y rigurosa que era yo entre 2000 y 2002.

La pantalla cambia los hábitos de lectura y el estilo en la escritura, que no es necesariamente trivial.

Leer en papel los textos que provocaron la ira de la horda produce risa y asombro porque en medio del cinismo hay momentos sublimes llenos de emoción no fingida, humor tan bueno que me hace reír a mí misma porque había olvidado algunos fragmentos sublimes y ahora la Apuesta consiste en pasar de nuevo a la pantalla aquello que pasó por el papel luego de haber pasado por la pantalla.

No voy a escribir cien libros para demostrar que tengo talento porque estoy segura de lo que soy, de lo que tengo y de lo que valgo. Van a ser sólo cinco libros que se devorarán unos a otros.

De Amando a Elsy odiando a Ensayista serán dos volúmenes y van tres con el libro de ensayos que escribí para enseñarme a vivir a mí misma. No me interesa volver a leer ese libro porque aprendí bien, casi de memoria, esas lecciones de vida y de sabiduría que me di a mí misma. Escribí esos textos para enseñarme a vivir y creo que valió la pena.

Los dos libros que faltan espero escribirlos durante los próximos veintidós años. Es un proyecto ambicioso y lograré la meta si empiezo a vivir mucho más despacio a partir del 9 de junio de 2020. Ese es el propósito inicial.

elsyyy

 

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Las mujeres y el poder

A los cincuenta años muchas mujeres están muertas, enfermas, vencidas o amargadas porque descubrieron demasiado tarde, cuando ya no vale la pena lamentarse ante el tiempo perdido, que tanto esfuerzo no sirvió para nada. Creyeron en el esfuerzo, fueron educadas en el “feminismo” que no las liberó de nada sino que les encomendó nuevas tareas, el doble de las que hacen los hombres: las mujeres deben ser amables, deben competir con los hombres en el estudio y en el trabajo, deben ser madres, esposas, cocineras y buenas anfitrionas. Si no hacen todo eso no son buenas mujeres y en lo más íntimo de su ser parece que la mayoría de las mujeres sólo quieren ser madres y  conseguir marido (por eso se “arreglan” tanto) y se engañan a sí mismas posando de académicas, intelectuales, políticas y empresarias porque al parecer esas tareas no forman parte de su naturaleza. Aspirar al poder, gozar del poder, luchar por el poder es más asunto de hombres, a las mujeres el poder no las excita, se excitan más con los adornos que compran, muchas trabajan para comprar adornos y por eso el marketing trata a las mujeres como niñas.

He visto morir y enloquecer a varias mujeres que soñaron con el poder y nadie sabe que existieron, que fueron mujeres aguerridas convencidas del camino que estaban recorriendo. A ellas, a las caídas en combate nadie las conoce, me conocen más a mí que he pasado la mayor parte de la vida comiendo, durmiendo y viendo sufrir al prójimo, viendo todos los días gente correr y morderse unos a otros, fingir desinterés, llegar a niveles grotescos de zalamería, hipocresía y  autohumillación para demostrarse a sí mismos y a los demás que van a llegar muy lejos y no llegan a ninguna parte, es como si no se hubieran movido un sólo centímetro durante años. Hombres y mujeres, claro. Gente inocente corriendo detrás de la nada, buscando fama, fortuna o poder y casi todos fracasaron porque es poco lo que se puede hacer después de haber cumplido cincuenta años.

A las mujeres les va peor que a los hombres en su carrera hacia el fracaso porque las mujeres tienden a ser más entusiastas, se comprometen más, se esfuerzan más porque tienen que hacer el doble de esfuerzo que los hombres para que las reconozcan como inteligentes, por ejemplo.

Las mujeres artistas para ser famosas tienen que estar muertas y venden mejor la Obra las lesbianas, las locas, las tristes, las suicidas y las borrachas. Ser cualquiera de esas mujeres da un poco de risa porque no vale la pena tanto sufrimiento para ser reconocido como artista, sin contar con el hecho de que en vida pocas han gozado de esos placeres. La obra de una mujer se reconoce después de haber cumplido ochenta años o tres o cuatro metros bajo tierra.