Hasta que puedas quererte solo

Pablo Ramos es un escritor argentino influido por Charles Bukowski y es clara su intención de presentarse como marginal en una época en la que todos quieren escribir su propia historia y ser rebeldes, originales e independientes aunque escriban libros por contrato y pasen la vida no precisamente leyendo y escribiendo sino hablando de lo geniales que son en ferias del libro, entrevistas y cursos de escritura creativa para convencer a los asistentes de que hay técnicas para armar cuentos y novelas como quien hace pan y que de concurso en concurso y de contrato en contrato el negocio de la literatura puede llegar a ser rentable si usamos una buena fórmula y logramos conmover a la clientela para que sigan comprando cada año nuestras obras digeribles gracias a que además de ser escritores somos personas sensibles que también sabemos seducir a los asistentes que nos ven como gente adorable con buenos sentimientos y las mejores intenciones, un buen objeto de consumo, un hombre o mujer espectáculo que le garantiza a la clientela que no irá al auditorio a perder  tiempo ni dinero. En Colombia el escritor más encantador, el que mejor ha sabido sacarle ganancias a la fórmula para escribir novelas digeribles, el gran vendedor de libros es sin ninguna duda Héctor Abad Faciolince. El segundo mejor estratega es Ricardo Silva Romero.

Se toman cursos de escritura creativa como quien toma cursos de natación, como si una cosa tuviera que ver con la otra. Los cursos llegan también a los barrios populares, lugares exóticos donde los chicos rudos tienen mucho que narrar y narran, el rap se convierte en poesía y el muchacho de barrio y de pandilla se pasea ahora por ferias y fiestas relacionadas con el mundo del libro, con la industria editorial, la elegancia de las librerías y las entrevistas en la radio donde los periodistas desinformados preguntan fingiendo interés de dónde salen las historias escabrosas que narran los chicos malos devenidos en artistas excelsos. Pablo Ramos se presenta como un escritor del barrio obrero y eso vende porque nos habla del hombre esforzado que sabe lo que quiere y va por eso, un ejemplo de superación personal que sintetiza una fórmula efectiva: ¡Querer es poder!

Hasta que puedas quererte solo nos lleva a pensar en Contarlo todo, la autoficción de Jeremías Gamboa celebrada por Mario Vargas Llosa, la  novela autobiográfica inspirada en la historia triste del chico peruano talentoso y pobre que quiere escribir y nada más que escribir y escribe sobre ese deseo suyo y ese empeño suyo y al hacerlo no se convierte en artista porque el arte no nace de las buenas intenciones sino del talento y estas jóvenes promesas no parecen estar muy buen dotadas para hacer obras de arte prodigiosas sino que se celebran y se cantan a sí mismos y a su deseo y no nos embelesan con historias fantásticas o hechos sorprendentes narrados con estilo sino que se impone la persona mientras que el arte es más bien escaso, es devorado por la figura, el yo de alguien que quiere escribir. Este tipo de libros no tienen punto de comparación con Retrato del artista adolescente o Cartas a un joven poeta, es más nervio que poesía, más deseo que arte aunque sea escrito con las mejores intenciones y se vendan muchos ejemplares.

Pablo Ramos narra trece historias basadas en hechos reales y cada historia está asociada a cada uno de los doce pasos de Alcohólicos Anónimos, un recorrido espiritual que el autor del libro cree comprender a pesar de sus continuas  recaídas con alcohol y cocaína y, entonces, la primera pregunta sería precisamente: ¿Tiene autoridad moral para pontificar sobre cada uno de los pasos en el proceso espiritual que comienza con saber que el alcoholismo es una enfermedad, asumirlo y aceptarlo y no volver a tomar esa primera copa una persona que no ha logrado vivir en sobriedad el tiempo suficiente como para considerar que está preparada para avanzar hacia el segundo paso si tenemos en cuenta que se trata de un camino y que no podemos llegar al segundo paso sin haber superado el primero y que para alcanzar el quinto debimos haber comprendido y experimentado el cuarto? ¿El libro no debió haber sido escrito por alguien que haya completado por lo menos diez años consecutivos sin haber consumido drogas ni alcohol y conozca desde su propia experiencia qué significa vivir cada uno de los pasos?

La diferencia radical entre Charles Bukowski y Pablo Ramos consiste en que Bukowski es enfático, extremo, hábil con la escritura, murió bebiendo, despreciando a los escritores profesionales y a los remedos de escritor que dan cursos de escritura creativa a gente todavía menos talentosa que ellos, mientras que Pablo Ramos es espiritual de forma un poco superficial y efectista en sus frases sobre la ternura y sobre Dios, un hombre controlado, calculador, buen negociante, más de la época del marketing, el emprendimiento, el deseo de aparecer en los medios y hacer arte de forma consciente con el deseo premeditado de vender muchos libros, muy lejos de esta crítica furiosa de Bukowski y su amor al arte:

“En algún momento del trayecto, en algún momento a partir del patio del colegio, se te meten en la cabeza. Te dicen, en resumidas cuentas, que el poeta es un maricón. Y no siempre se equivocan. Una vez, en mi locura, se me ocurrió seguir un curso de escritura creativa en el Colegio Universitario de L.A. ¡eran maricones, colega! Afectados, bonitos, apocados niños prodigio. Escribían acerca de bonitas arañas y flores, estrellas y meriendas en familia. Las mujeres eran más grandes y más fuertes que los hombres pero escribían igual de mal. Eran corazones solitarios y disfrutaban en compañía de los demás; disfrutaban con la charla hermética; disfrutaban de sus enfados y sus opiniones trilladas, muertas. El profesor se sentaba en una alfombra tejida a mano en el centro del suelo, los ojos vidriados de estupidez e inercia, y se reunían en torno a él, alzando la sonrisa hacia su dios, las mujeres con sus largas faldas de volantes y los hombres con sus nalguitas prietas redondeadas de alegría. Se recitaban los unos a los otros y lanzaban risillas y hervían a fuego lento y tomaban el té con las galletitas.

¡Ríete! Yo permanecía solo sentado contra una pared, ojeroso y cabreado e intentaba escuchar y caía en la cuenta de que incluso cuando discutían entre ellos seguía siendo una especie de tregua entre mentes limitadas”.

*Charles Bukowski, en Un delirante ensayo sobre la poética y la condenada vida escrito mientras bebía media docena de latas de cerveza (altas).

Pablo Ramos escribe autoficción y sueña con superar su problema con las drogas  o ayudar a que otros lo superen gracias a los grupos de Alcohólicos Anónimos o Narcóticos Anónimos y entonces viene la siguiente pregunta: ¿Es literatura o es un libro de autosuperación, un manual o un test para saber si somos adictos? Un alcohólico o el familiar de un alcohólico podría verlo como una excelente guía para comprender, para saber si él mismo es adicto o bebedor social y podría compartir el libro con personas de su entorno del mismo modo que se comparte El secreto o El poder del ahora, libros de autosuperación que se venden por millones porque tienen su dosis de verdad y puedan ayudar a la gente si sabe leerlos bien, si toma lo que le sirve y lo aplica en una situación particular.

Pablo Ramos cree que el libro podría ayudar a alguien pero por sobre todas las cosas cree que es literatura, su mejor obra, la perfección hecha forma, el libro que aporta pistas sobre gente real para que el lector comprenda mejor la historia de los personajes de sus novelas y cuentos anteriores en las que los personajes no son presentados como gente real sino como personajes de ficción: “Escribo porque busco, movido por una necesidad incontenible, no una descripción metafórica, sino las palabras que rompan el símbolo y lo traspasen, los que logren repartir equitativamente esta responsabilidad olvidada entre los que debimos haberla ejercido”.

Pablo Ramos conoce historias de gente real del mundo real y a esto se le suma el deseo de ser escritor como una especie de destino marcado en las líneas de la mano, un poco de literatura light con motivadores mensajes de autosuperación y la fórmula funciona porque bien sabemos que detrás del deseo de ayudar, de escribir literatura y de vender libros se puede terminar ayudando de verdad: “La ternura no es andar acariciando niños por ahí, ni abrazar demasiado a los amigos o conocidos, ni repetir “Te quiero”, como quien repite ajo en las comidas, la Ternura es un ideal, un lugar de descanso del cuerpo, de la mente, del espíritu. Yo encontré en la Ternura, en lo contrario a la Ferocidad, a ese tan mentado Poder Superior, más allá de mi formación católica” o: “Desterrados al desamor de la soledad, descubren que el dicho de que el alcohol acompaña, lejos de ser una metáfora, es una verdad grande como una casa”.

Hasta que puedas quererte solo es un libro digerible que  nos hace sentir buenos seres humanos mientras lo leemos y crea un nivel de empatía con los personajes, gente de carne y hueso que ha padecido la existencia debido a sus adicciones. Pablo Ramos se cree Dios y esta cita sobre la soberbia del adicto encaja perfectamente con la idea desbordada que el autor tiene sobre su propio talento y sobre la perfección de su obra, que no se cansa de exaltar y de explicar en espacios públicos y en cursos de escritura creativa: “La terquedad es uno de los defectos de carácter más peligrosos que tenemos los adictos, es un subproducto de la soberbia, y es tan difícil de ver en uno mismo que puede llegar a desesperar a nuestros seres queridos, porque les hace sentir como ninguna otra cosa la impotencia que sienten respecto de nuestra enfermedad. Sienten que no pueden hacer nada porque no pueden hacer nada, y sufren un infierno tan duro como el que sufre el adicto, pero sin haberlo buscado”.

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Contra la autoficción

La literatura está hecha de palabras y de historias. Las historias pueden basarse en hechos reales pero es importante construir los personajes, trabajar en ellos, pensar  en la imaginación del lector, en la elección de las palabras, en que se lee para soñar y no sólo para conocer historia basadas en hechos reales; vale la pena pensar en el ritmo de las frases, no sólo en el asombro y nuestra boca abierta ante el contenido, no morir convencidos de que narrar la vida es arte por más que la vida sea más sorprendente que la ficción porque esto no es cierto, la literatura no está hecho a partir de hechos escabrosos ni de historias sorprendentes sino de trucos hábilmente manejados por el escritor para crear un efecto en el lector, para que no nos quedemos con la historia narrada sino con la sensación que nos dejó la narración de esa historia.

Vida tenemos todos -y nos morimos por narrarla, claro- pero talento no, el talento es  más escaso que la vida y que el simple hecho de narrar. Narrar no nos convierte en artistas por más valiente y honesta que sea nuestra historia, por más que nuestros amigos nos digan embelesados mientras nos oyen hablar que nuestra historia es tan sorprendente que merece ser narrada, por más que nos digan que todos somos escritores aunque sepamos poco de literatura.

La famosa autoficción es un género reciente y ya parece agotado porque todos quieren contar su historia aunque no sepan escribir.

Contarlo todo

Jeremías Gamboa quiere ser escritor y escribió un libro de 507 páginas para expresar su deseo, un libro gordo sobre el deseo de querer ser escritor. Para darle forma a la idea se valió de la autoficción, el género que más vende y causa polémica en este tiempo ya que algunos teóricos y críticos lo ven como:

– Un género del que se ha abusado porque es facilista. Es más sencillo  hablar de mi vida que crear mundos de ficción; la autoficción no exige tanto trabajo artístico e imaginación como la ficción.

– Una alterativa desgastada, agotada, descuidada en el estilo, en el manejo de la materia narrativa.

– La autoficción no existe porque cuando narramos lo hacemos ocultando o distorsionando los hechos y entonces no vemos plasmada en la obra la verdad revelada de la vida del autor sino literatura, historias contadas a través de narraciones escritas.

– Toda literatura es autoficción porque aunque se modifiquen nombres, espacios y hechos el escritor siempre está hablando de su propia vida y emociones, enmascarándose en los supuestos personajes e  historias ficticias.

El narrador empieza diciendo: ¿Qué historia? Pues la mía: no tengo otra historia que contar… Desnudo y sentado frente a la computadora de mi cuarto esta mañana quiero escribir… Quizá se trate simplemente de eso, de que he aprendido finalmente que la cosa es hacer y no juzgarme.

Un joven humilde de barrio popular conoce no se sabe cómo a Mario Vargas Llosa y el maestro considera que ha encontrado al nuevo niño genio de las letras peruanas; esta afirmación conmociona el mundo literario y todos quieren leer la novela sobre el deseo de escribir, de dedicarse sólo a ese oficio y sobre la impotencia de los primeros intentos ante la página en blanco: ¿Por qué me bloqueé durante tantos años?, me pregunto. ¿Por qué ahora no tengo las ganas de sentarme a escribir esto y simplemente me siento y lo escribo? Me ahogaba en el primer párrafo porque no tenía la menor idea de cómo arrancar mis textos.

Se trata de un libro que se puede leer de varias formas y del que se pueden decir muchas cosas, parece escrito para generar polémica y fue un libro polémico en Perú y en España, no sé qué tanto en Colombia. Lo leí por recomendación de un amigo y nunca había oído mencionar al autor. Lo leí y pensé en Marguerite Duras y en  la frase clásica, el famoso Escribe, no hagas nada más de Raymond Queneau:

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esa soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad yo había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.

Recordé a Raymond Chandler, a Gustave Flaubert y a Thomas Bernhard y cómo estos artistas comprometidos se oponen de forma radical y con violencia a lo que hoy llamamos escribir para convertirse en escritor profesional, por contrato, personas presionadas a escribir un libro por año, escritura que no nace de la necesidad apremiante de expresarse sino que fluye al ritmo del mercado, del libro como objeto masivo, un producto más de la sociedad de consumo, bienes culturales que nos hacen sentir más cultos o valiosos, con mejor gusto o más exigentes. Tengo la sospecha de que Jeremías Gamboa es un escritor manufacturado para generar dividendos como si se tratara de un producto de consumo masivo y que la marca Vargas Llosa hizo de él una promesa que no veo tan prometedora porque la prosa es muy descuidada, abusa de los lugares comunes, cuenta una historia en 507 páginas que perfectamente cabría en  150 si el autor hubiera depurado el manuscrito y lo depuró, claro. Hay varias versiones del libro. Lo ha ido puliendo en el camino pero no lo presenta como manuscrito sino como obra definitiva y ese acto es irrespetuoso con los lectores que leyeron una especie de borrador con la seriedad de la obra definitiva y pagaron por el libro convencidos de que se encontrarían con Gran literatura ya que era una obra recomendada por Mario Vargas Llosa, quien goza de reconocimiento como lector exigente y exquisito.

El libro es también una especie de manual para escritores y muchos de los consejos no están relacionados con la poesía sino con ver cómo van aumentando las páginas en la pantalla, como si se tratara de una trabajo bien hecho más que de una pasión, una idea que exige ser expresada. Estos son algunos de los consejos que presenta el autor-narrador:

-Si tienes ideas sólidas, tus textos serán breves. Textos larguísimos casi siempre denotan falta de ideas.

– Los buenos escritores nunca se hacen notar.

Encontrar el silencio total y escucharte, reconocer los sonidos que hay dentro de ti.

Estaba convencido de que correr me ayudaría a escribir. Correr haría circular mi sangre y me ayudaría a despejar lo suficiente mi cabeza.

Me convencí de que sólo empezaría a escribir algo si es que permanecía sentado en mi máquina  del mismo modo en que ellos estaban a todas horas metidos en el mar esperando pacientemente la llegada de las olas.

La idea de un joven escritor que vive en un departamento cerca del mar y que emplea todo el tiempo de su día a día a su trabajo creativo era una imagen hermosa pero a la vez insostenible, ya lo sabía.

Son frases digeribles que nos podrían servir para armar un curso de escritura creativa. ¿Quién no ha tomado un curso de escritura creativa? ¿Quién no sueña con enriquecerse a costa de la escritura? Es un derecho soñar con escribir, es un derecho tratar de hacer poesía, cuento o novela. Lo que molesta mucho es que tanta gente sin formación sueñe con ser artista y crea que se trata simplemente de mover los dedos sobre el teclado, gente que piensa en fama, poder y dinero más que en verdad, arte, estética, estilo y compromiso.

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