Bogotá no es sólo caos. Mensaje de un bogotano desde el llano

  1. Bogotá es una ciudad llena de oportunidades, desordenada y todo, pero es la ciudad de los colombianos. Muchos la critican, pero es lo que nos representa y no por eso tiene que ser mala.
    Vivo en el Llano, un lugar muy hermoso. Pero, para todos aquí Bogotá es algo más que caos. Bogotá para los niños es un lugar mágico, su clima, su inmensidad, el trajín de la ciudad es algo muy curioso para aquellos infantes que están acostumbrados a la quietud de un pueblo o mejor aún el campo; para los jóvenes significa oportunidades, el lugar donde están todas las universidades, donde se cree que es el lugar idóneo para empezar tu vida sino se quiere ser más que un campesino reproductor y tomador; para los adultos y viejos la encuentran como un martirio porque ellos, generalmente, no es que gusten de ir pero es el centro de todo, donde se pueden conseguir desde repuestos en general a las atenciones médicas especializadas que sólo se encuentran allí.
    Soy bogotano y empecé a entender la importancia de esta ciudad cuando la dejé, aunque no es algo de extrañar. Todos estos sentimientos claramente son culpa del centralismo bogotano. Es inconcebible pensar que para casi cualquier cosa que se quiera hacer, toque ir hasta la dichosa ciudad. Es verdad, lo que dicen los comentarios “para muchos venir es un fastidio, o para otros es un sueño a alcanzar” pero hay verlo así: Es la misma situación en la que se ven muchos latinoamericanos cuando piensan en Europa. Muchos sentimientos a favor y en contra del viejo continente.
    Sin embargo, hay que admitir que Bogotá es una ciudad muy bella y eso nos hace orgullosos de ésta.
Anuncios

Bogotá para los bogotanos

Los colombianos nacidos en Bogotá vivimos con la sensación extraña de sentirnos cosmopolitas cuando compartimos con personas nacidas en un pueblo mucho más pequeño que el nuestro, gente que habla de  Bogotá -de La Capital- como si de un sueño se tratara, un sueño difícil de alcanzar pero por el que vale la pena luchar, aunque en el trance el aspirante a bogotano pueda terminar  sumido en la desesperación, la autocensura y la indigencia, en la negación de lo propio por el deseo de mostrarle a los demás y a sí mismo que vivir en Bogotá es como  ser bogotano.

La idea de ser bogotano es una idea creada fuera de Bogotá y  la gente que ha soñado con estar aquí la materializa. En Bogotá vive muy poca gente nacida en Bogotá, el bogotano nacido en Bogotá es un poco bobo, su seriedad y sequedad no son producto de la elaboración sino del asombro.

El bogotano casi siempre se relaciona con otros bogotanos que contemplan con asombro cómo los nuevos bogotanos representan su idea preconcebida -desde un pueblo o desde una ciudad mucho más pequeña- de lo que significa ser bogotano en Bogotá.  Para quien ha nacido en  Bogotá esta pobre ciudad sobrevalorada  no representa lo mismo que representa Bogotá para la gente que llegó aquí con la idea de ser cosmopolita, moderno, globalizado, educado, dispuesto a recibir ofertas culturales y mucho mundo.

Para los bogotanos nacidos en  Bogotá la idea de ser bogotano no tiene nada que ver con la recreación de esos imaginarios. Bogotá es más bien una ciudad cada día más invivible que expulsa a los bogotanos bobos que no soportan el ritmo frenético de los nuevos bogotanos que quieren triunfar en Bogotá y a costa de mucho esfuerzo logran arrinconar al bogotano que no está muy dispuesto a competir con uñas y dientes por aquello que, se supone,  es suyo y debe defender. Muchos bogotanos prefieren hacerse a un lado en esa lucha a muerte y terminan viviendo en pueblos, ciudades pequeñas o en el exterior.

Bogotá no es una gran ciudad, es una ciudad muy grande y muy desordenada poblada mayoritariamente por campesinos de todo el país que desde el comienzo de los tiempos ha sentido que vivir en Bogotá es tener un pedacito de cielo aunque se trate de la zona más deprimida de esta pobre ciudad. Cambian mar, brisa, llano, montañas, naturaleza por contaminación, por supuesta calidad de vida, por el sueño de conquistar un nuevo mundo, el mundo civilizado.

¿Por qué no podría ser escritora profesional?

Un escritor profesional es una persona -hombre o mujer- que escribe mínimo un libro al año y vive de la literatura. Yo tengo un amigo escritor profesional, él era un compositor compulsivo de cuentos y novelas y con todas sus composiciones participaba en concursos literarios nacionales e internacionales. Al comienzo no le iba bien y no se quejaba, al contrario, se sentía muy bien, estaba seguro de que él escribía para la posteridad, como Joyce, sabía que era un adelantado, un visionario, un hombre incomprendido como todos los grandes Maestros. Un día ganó un concurso nacional y todo cambió, ahora creía que él escribía libros sencillos porque quería gozar el aquí y el ahora, como Umberto Eco, su nuevo maestro, admirador ferviente de James Joyce, en todo caso.

Cuando mi amigo ganó el premio nacional de novela me llamó para compartir su dicha y para que yo fuera al lanzamiento oficial de la memorable obra, ese acontecimiento se repitió varias veces pero yo sólo asistí a dos y vi a mi amigo convertido en un escritor profesional. Un escritor profesional trabaja para un editorial y firma un contrato en el que se compromete a escribir cierta cantidad de libros durante determinado tiempo, cuando el libro se publica el autor tiene que asistir al lanzamiento, conversar con otro artista sobre el proceso creador, debe leer un fragmento de su creación en público, responder preguntas repetidas en el lanzamiento y en algunos medios como la televisión y la radio y debe autografiar los libros con dedicatoria o sonrisa encantadora. Vi haciendo todo eso a Fernando Vallejo cuando vino a Bogotá al lanzamiento de su última novela: El don de la vida, lo hizo como todos aunque yo no pienso en Fernando Vallejo como en un escritor profesional.

Conozco a otro escritor profesional, él no es amigo mío pero le fue mucho mejor, ganó un premio internacional después de haber intentado durante mucho tiempo sin éxito. Era un hombre triste, viejo, resignado y muy crítico con los escritores profesionales, se jactaba de no ir a cocteles, de no formar parte de grupúsculos de amigotes que pasan su vida premiándose en un ritual obsceno de elogio mutuo, él era un artista honesto y con eso le bastaba, era un lector que escribía porque no le quedaba más alternativa, porque para él escribir era como orinar, un acto fisiológico: lo hacía o explotaba. Ese mismo señor ahora es uno de los escritores colombianos más internacionalizados, cambió su forma de vestir, su actitud, su forma de cruzar la pierna y ahora bebe y sonríe como los demás, acepta entrevistas, viaja por todo el mundo para hablar de literatura y es feliz. Yo lo prefería antes, cuando se jactaba de no ser un escritor profesional.

Hot hot Bogotá ¿una novela feminista?

Alejandra López González es de Cali y escribió una novela sobre Bogotá, la Bogotá hot, la del sexo casual, la rumba y la marihuana. La protagonista tenía que llamarse Sola, Solita, Soledad, no podía llamarse de otra forma, y es, claro, una mujer joven, hermosa e inteligente que cree vivir como se debe vivir y supone que sus valores son los Valores dignos de una mujer liberada, crítica y autoconsciente.

En la novela aparecen bien definidos los tipos femeninos eternos: la bruja, la puta y la madre santa: Sola consulta a la bruja, Clarita es una gran puta y al final de la historia la heroína renuncia a depender de la presencia de un hombre y la cambia por la que le brinda la hija, que se tenía que llamar María, claro, y ante a cual se siente felizmente esclavizada, como tenía que ser en una novela moralista que lleva implícito el sello de uno de los lugares comunes más extendidos: la máxima realización personal de una mujer consiste en ser Madre y al ser madre se le borra su historial de puta: “Pienso en el aborto, pero sé muy bien que a pesar de todo, a pesar del abandono de Oliver, de la partida de Santi, a pesar del calentamiento global y de las fosas comunes, quiero tener ese bebé” (pág. 84).

La protagonista reivindica el papel de la madre soltera, el amor filial y la recuperación de la pureza, cumple con el recorrido de rigor: una niña bien educada por una pareja de padres decentes al cumplir 18 años decide liberarse y olvidarse de los padres decentes y los valores inculcados por ellos, la niña se las da de inteligente y liberada, supone que serlo consiste en rumbear todos los fines de semana, putearse, fumar marihuana, tener amantes y quedar embarazada de uno de ellos, del más promiscuo y machista, del que la hacía sentir más puta: “Total que con chequera en blanco, tarjetas de crédito Gold Platino con cupo ilimitado, este hombre que tenía todas las posibilidades de llevarse a la que quisiera, a la hora que quisiera, como quisiera y cuando quisiera a las camas más lujosas de la hot Bogotá city” (pág.30). Cuando se ve como una mujer sola, abandonada por el amante y desamparada, regresa a la casa de los padres, que le perdonan todos los pecados y aman a su nietecita como si fuera la reencarnación de la hija; la hija omitirá ahora en su historial su pasado de puta marihuanera y aparecerá ante su hija como una santa, la niña al crecer recreará la historia y al cumplir 18 años deseará no ser tan santa como su santa madre y se hará una puta redimida con futuro de santa, como tal vez fue su abuela.

Sola posa de crítica pero no toma distancia de las situaciones que critica; ella goza de la banalidad, de la vanidad, de la tontería, es de las tontas que saben que son tontas pero no les preocupa mucho seguir siéndolo; en varias ocasiones se jacta de su propia tontería, de lo estúpidas y banales que son sus amigas, pero la reflexión no la lleva nunca a renunciar a su mundo. Para dárselas de inteligente vive con un antropólogo destapador de fosas y profesor universitario y, como era de esperarse, tenía que ser durísima con los “intelectuales”, con estos viles seres: “da clases en universidad, dicta foros y talleres y se la pasa entre otros seres como él, que creen que tienen las respuestas a todo y que el sol gira alrededor de ellos y de su sabiduría infinita” (pág. 10), la idea que tiene la narradora de los intelectuales no es muy diferente a la de algunos facebookqueros muy ignorantes que, en conclusión, definen al intelectual colombiano como un hijueputa.

La historia se desarrolla en contextos de supuesta clase alta, pero las puticas son traductoras, egresadas de lenguas modernas, se evidencia el deseo por parte de la autora de hacerle creer al lector que está bien relacionada en Bogotá, muy bien relacionada, pero al escribir la historia descuida detalles que ponen en tela de juicio la verosimilitud de las fantasías que narra: “Entonces yo, Sola, Solita, tuve que acompañarla a la clínica, todo en gran secreto, con gran misterio, con pañoletas en la cabeza y gafas oscuras gigantes para que nadie reconociera a Clarita y para que jamás la sociedad bogotana se enterara de que a la mujer mejor vestida del año, su propio marido le había pegado una enfermedad venérea de esas que hacen picar, arder y doler al orinar” (pág. 14).

Solita reniega del matrimonio: “A las que están casadas se les ve infelices. Se les nota en la cara y en la forma en que repiten, de manera incansable y casi obsesiva, que son muy felices y están muy satisfechas con lo que les ha dado la vida” (Pág. 24). Solita tiene alma de campesina: “El baño de las siete hierbas tiene ruda, altamisa, manzanilla, nogal, laurel y cicuta… con una pequeña vasija, uno se va echando esa agua de la siete hierbas por todo el cuerpo” (pág. 72). Solita es básica, tiene pensamientos de postal de Día de la Madre: “Tengo miedo y ansiedad. Quiero que mi hija venga pronto al mundo, quiero que nazca para que me dé motivos suficientes para vivir, para ser feliz para siempre” (pág. 105).

 

El error de mi hermana

Mi hermana y yo vivimos toda la infancia en la misma casa, una casa a la antigua en Bogotá: cuatrocientos metros cuadrados para jugar. Casa con dos patios, tejado, barandas, celosías y una terraza inmensa. En esa casa jugamos todo tipo de juegos, mi papá la construyó a prueba de niños juguetones. Mi hermana se casó, compró un lote con su esposo, construyeron su casa cuando empezaban a escasear los lotes en Bogotá, una casa con una sala inmensa, patio trasero y vecinos; los dos niños tenían amigos en la cuadra para crecer, para jugar, dos niños necesitan más hermanos, pero como no pueden tener más hermanos deben tener amigos vecinos.

Como en Bogotá se ha puesto de moda vivir en conjuntos cerrados organizados por torres y con estrato, ella decidió tomar la peor decisión de su vida: arrendó la casa grande de barrio y la cambió por su apartamento grande, que no será nunca comparable a la grandeza de una casa hecha a la medida y según los gustos de quien la construye. Un apartamento en la torre 3 13-03, estrato cuatro.

Ayer tuvimos un gran encuentro familiar en la casa de mis papás y mis hermanos menores, una casa grande, no tan grande como la casa en la que viví desde que nací hasta los 34, cuando decidí pasarme a mi propia casa, una casa sin patio ni terraza; en Bogotá no construyen casas bonitas para una persona sola, si la casa es grande tiene cuatro habitaciones y cinco baños, son espacios grandes para hacinar gente. Mientras los adultos estábamos en la sala, los niños estaban en la terraza jugando, compitiendo, los niños de mi hermana no se pueden comparar en sus destrezas físicas con los niños que viven en la casa en la que viví cuando era niña. Los sobrinos superdotados, los de mi hermana, se acostumbraron a su apartamento con la supervista y no salen de ahí, creo que mi hermana le robó a su niño de ocho años el placer de vivir en una casa grande en un barrio cualquiera, sólo por el placer de responder ante la típica pregunta bogotana: ¿Dónde vives?

A veces lamento que Bogotá se esté “desarrollando”, la familia se está desintegrando, la gente está cada día más hacinada y algunos se siguen reproduciendo al mismo ritmo de hace veinte años. Yo rompí el esquema de mis hermanos mayores al decidir no casarme ni tener hijos, mis hermanos menores parece que van a seguir mi ejemplo, el de 29 ya está pagando su apartamento para empezar a vivir solo dentro de seis meses. La soledad no es para todos, es una elección, sería horrible que terminara convertida en lo normal, lo natural. Eso tampoco me gusta.