La fórmula de la amabilidad femenina

“La fórmula de la amabilidad femenina es una creencia implícita que penaliza a las mujeres a no ser que moderen su modo de actuar siendo amables”. A fin de ser aceptadas, las mujeres deben compensar su ambición y su fuerza con amabilidad. Los hombres no tienen la necesidad de ser ni la mitad de amables.

No creo que las  mujeres sean más amables por naturaleza que los hombres. Es posible que hayan aprendido que la amabilidad tiene sus recompensas y que la ambición cruda a menudo se castiga. Pueden congraciarse con ello porque dicho comportamiento se ve premiado, y una estrategia furtiva da mejores resultados que la franqueza. Pero aunque las mujeres sean abiertas y directas, no siempre se las ve y se las escucha.3997008

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La intimidad como espectáculo

En muy pocos libros se analizan los textos escritos que se producen hoy en la red por personas conocedoras del tema, por intelectuales interesados en textos de ficción en soporte web como parte de la historia de la escritura y de la literatura, como parte del estudio de temas tan actuales desde hace más de cincuenta años como son: la muerte del autor, el ocaso de la novela y el fin del arte.

Paula Sibilia, en La intimidad como espectáculo, nos presenta el triste panorama que estamos viviendo desde hace ya bastante tiempo en lo relacionado con el yo narrador, la figura del autor y  la creación de este autor, con las obras que produce, quién las produce, con qué propósito, quién las ve, cómo se exhiben, quién gana con la exhibición…

El libro está dividido en nueve partes:

El show del yo.

Yo narrador y la vida como relato.

Yo privado y el declive del hombre público.

Yo visible y el eclipse de la interioridad.

Yo actual y la subjetividad instantánea.

Yo autor y el culto de la personalidad.

Yo real y la crisis de la ficción.

Yo personaje y el pánico de la soledad.

Yo espectador y la gestión de sí como una marca.

Es un libro erudito que nos recuerda los textos más representativos de Walter Benjamin, Virginia Woolf, Marcel Proust, Friedrich Nietzsche y Guy Debord, entre muchos otros, en temas relacionados con procesos de escritura, figura del autor, materia para la narración, el arte de futuro, el comercio del arte, la preeminencia del arte sobre el artista y el propósito buscado por el autor en el momento de aventurarse en el ejercicio de la escritura o de cualquier otro tipo de creación.

 La sociedad del espectáculo, “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” y Ecce Homo se constituyen en los textos fundamentales a partir de los cuales se articulan las ideas centrales, que no son nada alentadoras y que en un lector culto y atento pueden llevarlo a replantear el papel que juegan sus textos en la red, en un blog por ejemplo, en un espacio tan banal como el soporto que uso para redactar y publicar esta reseña, precisamente.

La autora considera que los blogs y YouTube son los grandes soportes para crear historias y que casi todas las historias que se presentan en esos espacios son historias banales narradas por gente común que busca ser vista y leída y que para conseguirlo se valen de estrategias que en muchas ocasiones atentan contra su dignidad como seres humanos. A ellos no les importa, lo que de verdad importa es que los vean y los lean.

Los textos que circulan en la red son en su mayoría textos de gente común, personas que quieren ser visibilizadas, reconocidas y remuneradas, lo que esas personas no saben es que las usan. Hay una parte del libro relacionada con el trabajo de marketing que hay detrás de las grandes pequeñas figuras de la web, la gente que se siente triunfadora porque le sirve a una marca.

Hay un gran despliegue a lo largo del libro sobre la forma en que se ha perdido la obra para destacar la figura del autor, ya no importa qué se escribe sino quién lo escribe y qué se sabe de esa persona, especialmente sobre su vida privada. Los lectores y espectadores no esperan historias bien narradas sino hechos reales de gente común, gozan viendo cómo se va narrando una vida, no importa de quién sea, y quieren conocer muchas vidas, no sólo una. Y una vida narrada da paso a otra vida y no hay cuándo parar porque todos los días en los blogs y en YouTube podemos presenciar historias nuevas y eso es lo que busca quien exhibe su vida y quien la contempla: exhibirse como se exhibe otra gente en los programas de televisión más escabrosos que todavía mucha gente sigue tomando en serio mientras los ve. No importa que la imagen personal se deteriore, lo que de verdad importa es capturar lectores y espectadores y sentirse famoso.

La autora no habla mucho de Facebook ni de Twitter y es una verdadera lástima porque es un hecho que son esos espacios los que tienen capturados y perdidos a más seres humanos que se toman por famosos y dan cuenta de su vida privada sin respetar límites. En el libro sólo se menciona a un autor colombiano: Efraím Medina y su desnudo frontal en Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, pero es evidente que algunos autores colombianos han llegado mucho más lejos y han caído mucho más bajo. Lo que Carolina Sanín hace en YouTube, por ejemplo, es mucho más lastimero que cualquier desnudo frontal de un hombre en la carátula de un libro, más cuando se trata de una persona que, se supone, sabe bastante de escritura, lectura, literatura, interpretación, manejo de la imagen…

¿Vale la pena leer el libro? ¡Por supuesto!

Si usted ha expuesto un poco su imagen y quiere entender por qué no vale la pena hacerlo este libro es para usted.

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Decir la verdad: la más extrema de las violencias

Para que haya parrhesía es menester que el sujeto al decir una verdad que marca como su opinión, su pensamiento, su creencia, corra cierto riesgo, un riesgo que concierne a la relación misma que él mantenía con el destinatario de sus palabras. Para que haya parrhesía es menester que, al decir la verdad, abramos, instauremos o afrontemos  el riesgo de ofender al otro, irritarlo, encolerizarlo y suscitar de su parte una serie de conductas que pueden llegar a la más extrema de las violencias. Es pues, la verdad con el riesgo de la violencia.

Para que haya parrhesía es necesario que en el acto de la verdad haya en primer lugar manifestación de un lazo fundamental entre la verdad dicha y el pensamiento de quien la ha expresado.

La parrhesía  implica cierta forma de coraje, cuya forma mínima consiste en el hecho de que el parresiasta corre el riesgo de deshacer, de poner fin a la relación con el otro que, justamente, hizo posible su discurso. De alguna manera, el parresiasta siempre corre el riesgo de socavar la relación que es la condición de posibilidad de su discurso. La parrhesía sólo puede existir si hay amistad, y donde el uso de la verdad amenaza precisamente poner en tela de juicio y romper la relación amistosa, que sin embargo, hizo posible el discurso de verdad.

Pero este coraje  también puede adoptar, en unos cuantos casos, una forma máxima cuando, para decir la verdad, no sólo haya que aceptar el cuestionamiento de la relación personal, sino que hasta puede suceder que se vea en la necesidad de arriesgar su propia vida. En consecuencia, no sólo arriesga la relación establecida entre quien habla y la persona a la que se dirige la verdad, sino que, en última instancia, hace peligrar la existencia misma del que habla, al menos si su interlocutor tiene algún poder sobre él y no puede tolerar la verdad que se le dice.

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Periódicos y libros

Hace veinte años comprar el periódico y leerlo era interpretado y asumido como signo de estatus, había gente que se sentía inteligente y culta porque sabía cómo doblarlo, cómo organizarlo, cómo presumir con él en la sala de su casa, en la oficina, en el taxi o en el bus. Se andaba con el periódico debajo del brazo para presumir. Eso se acabó. Leer el periódico se convirtió en una actividad tediosa, es más fácil y efectivo leer noticias sueltas en versión digital compartidas en las redes sociales que manipular ese papel feo y sin gracia, sin contar con que ahora no hay grandes periódicos y la gente ha dejado de comprarlos porque los distribuyen en las esquinas de forma gratuita y quienes se sienten privilegiados con ese regalo maravilloso son las personas que constituyen la base de la sociedad, es decir la mayoría de los colombianos, los que no gozaron el “privilegio” de ser suscriptores de El Tiempo o El Espectador. Estas personas no son conscientes de que no consumen noticias sino publicidad, la peor publicidad.

Las noticias que publican periódicos como ADN o Publimetro son redactadas por aficionados que se toman por periodistas o por periodistas recién egresados que no encontraron un trabajo bien remunerado y tuvieron que conformarse con este. Se consuelan con la idea de que trabajan para un medio y seguramente se presentan ante sus amigos como periodistas; lo que no saben es que los grandes periodistas, los profesionales de la escritura, el redactor y el investigador rigoroso y autoexigente es una especie en vía de extinción, están condenados a desaparecer. El destino de los periodistas no es ni siquiera un medio virtual tipo La silla vacía o KienyKe sino su propio espacio, sea en un blog o en una página propia. La miseria de los medios digitales, de los “nuevos medios” es que en esos espacios impera la mediocridad, el maltrato a la lengua, el afán de inmediatez y los publireportajes.

¿Un periodista con vocación se tomaría el trabajo de publicar en un periódico de circulación gratuita, sea en papel o en versión digital? ¡no! No tiene sentido engañarnos de semejante manera.

Hacer periodismo como se hacía hace veintes años es un sueño imposible de realizar en este momento. Probablemente desaparecerá el periódico y los medios tradicionales terminarán doblegándose ante las redes sociales, se impondrán los espacios como Twitter porque las noticias dejaron de ser noticias. Cada día tiene su evento, su chiste, su escándalo y su forma de expresarlo de forma divertida o poética a través de un tuit que será leído por millones de usuarios ávidos de saber qué está ocurriendo en el tiempo presente, en el instante puro, no precisamente para tomar partido y para tratar de modificar el estado de la cosas sino por simple diversión y morbo.

Los periódicos desaparecerán pero los libros no, ese es el consuelo dirán algunos, esa es la verdadera aristocracia, digo yo. Los lectores de periódicos siempre fueron masa, una masa estúpida y dominada. Ahora no estamos seguros de si en el futuro se impondrán las redes sociales y los dispositivos para acceder a éstas o si el imperio más efectivo para dominar a las masas estúpidas seguirá siendo la televisión, el fútbol, los dispositivos tecnológicos y Adidas.

La buena noticia es que los libros no desaparecerán porque no desaparecerán los lectores de libros. No desaparecerán y lo dice una lectora consagrada como yo. Pueden aparecer todos los dispositivos, todos los soportes, toda la juguetería tecnológica y sofisticada, liviana y amigable, pero la experiencia de ir a las bibliotecas, a las librerías, el placer de ver envejecer un libro, de regalarlo y volverlo a comprar después de veinte años; el placer de subrayar, pasar páginas y observarlas no se compara con ninguna gran experiencia digital.

Es un privilegio contar con este blog para publicar sin intermediarios, sin censura, pero el placer de leer un libro no se compara con ningún tipo de placer. El cerebro no acepta la experiencia virtual como algo muy estimulante a nivel intelectual cuando se ha pasado la mayor parte de la vida leyendo libros, no periódicos o viendo  programas de televisión.

Los lectores de libros siempre han sido una minoría absoluta y por eso es tan fácil decir que el libro va a desaparecer, la mayoría de los cibernáutas no los extrañarán porque para la mayoría de los seres humanos los libros no forman parte de su vida, la lectura no se ha constituido  en una experiencia imprescindible. No pierden nada cuando dicen que desaparecerá el libro porque nunca los tuvieron, porque no conocen la trascendencia de lo que significa leer.

¿Por qué no podría ser escritora profesional?

Un escritor profesional es una persona -hombre o mujer- que escribe mínimo un libro al año y vive de la literatura. Yo tengo un amigo escritor profesional, él era un compositor compulsivo de cuentos y novelas y con todas sus composiciones participaba en concursos literarios nacionales e internacionales. Al comienzo no le iba bien y no se quejaba, al contrario, se sentía muy bien, estaba seguro de que él escribía para la posteridad, como Joyce, sabía que era un adelantado, un visionario, un hombre incomprendido como todos los grandes Maestros. Un día ganó un concurso nacional y todo cambió, ahora creía que él escribía libros sencillos porque quería gozar el aquí y el ahora, como Umberto Eco, su nuevo maestro, admirador ferviente de James Joyce, en todo caso.

Cuando mi amigo ganó el premio nacional de novela me llamó para compartir su dicha y para que yo fuera al lanzamiento oficial de la memorable obra, ese acontecimiento se repitió varias veces pero yo sólo asistí a dos y vi a mi amigo convertido en un escritor profesional. Un escritor profesional trabaja para un editorial y firma un contrato en el que se compromete a escribir cierta cantidad de libros durante determinado tiempo, cuando el libro se publica el autor tiene que asistir al lanzamiento, conversar con otro artista sobre el proceso creador, debe leer un fragmento de su creación en público, responder preguntas repetidas en el lanzamiento y en algunos medios como la televisión y la radio y debe autografiar los libros con dedicatoria o sonrisa encantadora. Vi haciendo todo eso a Fernando Vallejo cuando vino a Bogotá al lanzamiento de su última novela: El don de la vida, lo hizo como todos aunque yo no pienso en Fernando Vallejo como en un escritor profesional.

Conozco a otro escritor profesional, él no es amigo mío pero le fue mucho mejor, ganó un premio internacional después de haber intentado durante mucho tiempo sin éxito. Era un hombre triste, viejo, resignado y muy crítico con los escritores profesionales, se jactaba de no ir a cocteles, de no formar parte de grupúsculos de amigotes que pasan su vida premiándose en un ritual obsceno de elogio mutuo, él era un artista honesto y con eso le bastaba, era un lector que escribía porque no le quedaba más alternativa, porque para él escribir era como orinar, un acto fisiológico: lo hacía o explotaba. Ese mismo señor ahora es uno de los escritores colombianos más internacionalizados, cambió su forma de vestir, su actitud, su forma de cruzar la pierna y ahora bebe y sonríe como los demás, acepta entrevistas, viaja por todo el mundo para hablar de literatura y es feliz. Yo lo prefería antes, cuando se jactaba de no ser un escritor profesional.