La mirada de Antonio García Ángel

No conozco a nadie porque nací arrogante y aunque me he cruzado con mucha gente a lo largo de la vida no hago ningún esfuerzo para recordar nombres, ocupaciones, escalones sociales o posiciones en el hall de la fama. Tampoco recuerdo caras.

Muchas veces me han preguntado por personas con nombre propio y mi respuesta siempre es la misma: no lo conozco. No lo conozco aunque esa persona me conozca, sepa mi nombre, lea lo que escribo, haya conversado conmigo un par de veces y hasta se tome por amigo mío.

Casi siempre camino mirando hacia ninguna parte porque mi ocupación favorita no es mirar sino pensar, pero muchas veces siento que me miran con atención, como si me conocieran y algunas veces miro bien a la persona que me mira tratando de entender quién es y si alguna vez hemos hablado y casi nunca puedo saber quién es el que me mira.

Ayer estaba en la biblioteca y vi que alguien me miraba, lo miré para tratar de saber si sabía quién era y por qué me miraba como me miraba. El me miraba, yo lo miraba, él me volvía a mirar, yo lo volvía a mirar y al final el pobre hombre me miró con mirada lastimera, como de perro apaleado, y yo decidí mirar para otro lado.

Lo mirada lastimera de perro apaleado en el rostro de un hombre me conmovió un poco, me pregunté por qué alguien a quien nunca había visto antes mi miró con esa cara, como si temiera un golpe en la espalda de mi parte con una porra, como si conociera la contundencia de mis golpes y lo implacable de mis palizas.

Mi compañero de viaje estaba haciendo la consulta en la biblioteca y mientras él miraba el catálogo le narré la conmovedora historia, él detuvo un momento la búsqueda, me miró a los ojos y me dijo sonriendo: ¡Es @erizodemar!

Era Antonio García Ángel el hombre con mirada de perro apaleado, la eterna promesa de la literatura colombiana, el remedo de escritor de quien me he ocupado varias veces en este blog, el mismo hombre que me había mirado antes (en Avenida Chile) y yo no había visto y sí había visto mi amigo que goza viendo la mirada y la reacción de otros mientras me miran.

Cuando mi amigo llegó a la biblioteca yo estaba mirando el teléfono y el perro apaleado me estaba mirando a mí. Vio cómo nos miramos él y yo cuando nos saludamos, después me miró con mirada de perro porque seguramente pensó que yo sabía a quién estaba mirando y no, no lo sabía.

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Vivir en Piedad

Al negro siempre le toca trabajar el doble para que le reconozcan algo, pero utilizar el color de la piel para justificar los fracasos es una disculpa que sacan los perezosos.

Juan Luis Castro Córdoba es uno de los hijos de Piedad Córdoba y escribió un libro sobre él, sobre ella, sobre su familia y sobre Colombia, la Colombia que muy pocas personas conocen, la de Chocó y Buenaventura, la de los Castro Córdoba en Medellín y la de los colombianos que lo tienen todo en el exterior y deciden regresar como él por diferentes razones, especialmente por los amigos, los recuerdos de la infancia, la familia, el verano eterno que vivimos en Colombia y que nos hace tan particulares: seres humanos que gozan con la música, el baile, la comida y el aguardiente en medio de la violencia, la pobreza extrema, la ignorancia más atrevida, el racismo sin ningún tipo de pudor ni disimulo, el clasismo, el machismo y el arribismo que nos convierte en seres exóticos gracias a que a esta mezcla explosiva y confusa se le suma el narcotráfico, el uribismo, la impunidad, la hipocresía, el fanatismo religioso y la falta de memoria para reconocer los méritos de las personas que no son como nosotros y se han esforzado por los demás por el simple placer de ayudar. No los reconocemos porque los medios de comunicación se han encargado de hacerlos ver como villanos y de tanto repetirlo un país entero ha terminado creyéndolo.

Vivir en Piedad es un libro necesario en Colombia para hacer memoria, para conocer la versión de los hechos desde la mirada del hijo de la figura pública más repudiada en Colombia porque tiene todos los requisitos para serlo, la famosa triple dominación según lo planteado por Pierre Bourdieu en La dominación masculina: mujer, negra, arrogante y directa. Eso en Colombia es imperdonable: A una persona como yo (Piedad Córdoba), para llegar más lejos en política, le queda muy difícil… Me tendría que cambiar el color de la piel, volverme hombre y volver a nacer en una familia rica… Haga lo que haga seguiré siendo esa negra, la mica del Congreso. La gente nunca me va a respetar.

La queja más directa a lo largo del libro es el racismo, una condena que no ha vivido sólo Piedad Córdoba y su familia sino una gran parte de colombianos olvidados y abandonados por el Estado. Estamos tan acostumbrados a pensar en las personas de raza negra a partir de nuestros prejuicios que imaginar algunos pasajes del libro nos hace pensar que se trata de una película y no es ficción lo que se narra aunque la historia esté enmarcada en la  autoficción -sin contar con que es el hijo quien habla de sus padres, abuelos, hermanos-  y, claro, se pueden desfigurar algunos hechos porque se habla de seres humanos reales con toda la carga afectiva y desde la nostalgia de saber que ya no están porque algunos personajes murieron o porque durante un buen lapso de tiempo estuvieron separados en el espacio pero unidos por el dolor y la incertidumbre; de forma inconsciente el autor tratará de mostrar la versión que más los favorece como familia y como seres humanos porque uno de los propósitos es reivindicar la imagen, el verdadero rostro de una mujer que ha sido estigmatizada por los medios de comunicación colombianos.

La autoficción recrea recuerdos y sensaciones personales vividas por alguien que escribe y bien sabemos que cada vez que recordamos un hecho lo modificamos; cuando escribimos sobre lo ocurrido esos hechos se convierten en literatura, en una nueva versión de la vida con fines estéticos: Pero todo cambió en el pueblo con la llegada de Zabulón. Para los habitantes de allí era muy raro ver a una persona negra, pero más raro aún era ver a una persona negra tan bien vestida, en traje de seda, con camisa almidonada, encorbatada, con anteojos y un sombrero de hoja delantera que entonces estaba de moda. Zabulón es el padre de Piedad Córdoba.

Las vacaciones terminaron. Me encontraba en el bus de regreso a Medellín, mis hermanos y yo siempre habíamos llorado desaforadamente por tener que regresar a casa, por tener que regresar a un lugar donde nos hacían sentir como extraterrestres por el color de nuestra piel, y porque tenía que retomar el colegio. A lo largo de la narración son frecuentes los recuerdos de la infancia feliz sin necesidad de grandes lujos ni manjares, se resalta la alegría de la gente, la fuerza de la raza en medio de las dificultades y hay una idea que se repite en varios pasajes: la certeza de que la raza negra es poderosa porque en Colombia está asociada con la esclavitud y con todo el desprecio posterior, con poner al límite a seres humanos que fueron tratados de forma inmisericorde, los sobrevivientes son los más fuertes y no sólo sobrevivieron, son más fuertes y resistentes que los supuestos blancos que los desprecian.

Una de las razones de Juan Luis para regresar a Colombia tiene que ver con los recuerdos, recuerdos de sus vacaciones en Buenaventura: En medio de la noche, extrañaba la Canturrana, el barrio donde vivía mi tía Chepa en Buenaventura, donde yo quería vivir. Extrañaba dormir en la cama con toldillo a prueba de cucarachas, zancudos y ratas que se apoderaban de la casa en la noche apenas apagaban la luz. Extrañaba el sonido de la lluvia en el techo, que me arrullaba en las noches; o las tardes jugando con mis primos en la azotea mientras nos mojaba el agua lluvia y nos frotábamos con jabón azul, de ese que se usa para lavar la ropa. Extrañaba salir a correr en calzoncillos con mis amigos, para terminar en la playa El Arenal y nadar en el agua color café del mar de Buenaventura; o ver los buques de carga llegar y salir del puerto. Extrañaba las varas de pescar improvisadas con palos de escoba y nylon; o tratar de sacar de las entrañas de la playa un cangrejo para luego comérnoslo.

Recuerdos de Colombia estando en Estados Unidos o en Canadá y una posición laboral que termina siendo demasiado cómoda y monótona lo motivan a  regresar al país:

No podía negar que mi situación era mucho mejor económica y académicamente que la de casi cualquier profesional que trabajara en mi país. Tenía acceso a una educación de alta calidad en mi especialización y me estaban pagando por hacerla, pero a veces sentía que el precio era muy alto, especialmente cuando llegaba el invierno. Poco a poco, con el tiempo, uno se da cuenta de que el recuerdo como persona se hace vago y tardío en la memoria de aquellos que uno dejó en su país. La proximidad se pierde paulatinamente, lo cual hace más pronunciado ese sentimiento recíproco de olvido, pero a la vez el anhelo de recuperar esa proximidad se agranda a medida que pasa el tiempo estando lejos. Es muy común escuchar el cuento de estar ahorrando para volverse al país de origen, o el de estar comprando un terreno o una casa en la tierra natal con el fin de regresar. Sin embargo, a medida que el tiempo pasa las cosas se complican y volver se hace más difícil.

Juan Luis narra la historia de su madre mientras narra la suya y en una buena parte del libro se destaca el hecho comprobado de que la pasión por un deporte nos da instrucciones para la vida:

El atletismo se corre como se vive la vida: no te preocupes por el final, sencillamente preocúpate por entrenar y correr con mucho esfuerzo, eso te va a pulir el carácter y te va a hacer mejor. En la medida en que uno soporta más dolor, corre más rápido y por más tiempo, y la vida se hace más fácil. Después, cuando tengas problemas, te vas a acordar de ese cansancio, de ese sufrimiento, y te va a parecer un juego todo lo demás.

Había aprendido que las carreras se ganan o se corren mejor si se respeta el ritmo propio y no se trata de manejarlo con respecto al competidor.

Juan Luis tardó mucho tiempo en comprender el carácter y las pasiones de su madre y son frecuentes los conflictos entre ellos porque son personas diferentes y no es fácil ser el hijo de Piedad Córdoba, una mujer que denuncia, que habla fuerte, que señala con nombres propios y que está dispuesta a llegar al fondo de sus pesquisas y de sus proyectos: Ella sabía que nunca ganaría la presidencia, aspiración de todo político, pero pensaba que al menos sería reconocida como una líder aguerrida…. Su vocación era la sangre que corría por sus venas; quizá lo había heredado del Senador negro más influyente en la historia de Colombia, quien fue su tío… Yo que apenas me estaba acostumbrando a lidiar con ser negro, pecado heredado a los ojos de los demás, también tenía que soportar el desasosiego de estar relacionado con un personaje controversial de la vida política nacional.

Esta reflexión de un asesor es un poco triste porque nos muestra una de las verdades más dolorosas de la naturaleza de los colombianos: Tienes que entender que este es un país racista, sexista y victoriano. Vender tu imagen es muy difícil, ¿qué estás pensando?, ¿que estás en Europa o en Estados Unidos? Por más que tengas la razón, la gente lo que ve es una muchacha del servicio diciéndoles cómo dirigir el país. Y qué pena que sea tan honesto, pero este es mi punto de vista. Y es más difícil cuando eres pendenciera y agresiva al hablar de tus adversarios políticos.

Al final del libro el narrador-autor-hijo se pregunta:

¿Cómo se explica que se haya metido contra la mafia impulsando la extradición, que se haya metido a criticar a los paramilitares cuando estaban en todo su furor y nadie los denunciaba, que se haya atrevido a meterse con el presidente más popular que ha tenido Colombia, así como también que haya criticado a las guerrillas con lo de los cultivos de hoja de coca? ¿Cómo explicar que apoyara el Chavismo a pesar de la persecución incesante de la clase política y medios de comunicación colombianos y norteamericanos, que defendiera un proceso de paz y se echara al 50% de los colombianos en contra? ¿Cómo se explica que desde hace más de 15 años se haya dado a la tarea de abogar por el aborto y los derechos de los homosexuales en un país católico, apostólico y romano, que se haya dejado tomar esa foto con las FARC a sabiendas de la publicidad negativa que esto traería? ¿O que, a pesar del desgaste, la publicidad negativa y los problemas legales que debió afrontar por las acusaciones de traición a la patria y terrorismo por parte del Gobierno de Uribe, haya seguido metida en la liberación de los secuestrados y ahora en el proceso de paz?

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Aún no era grande

Para los tuiteros ignorantes, sin imaginación ni sentido del humor que están dudando del talento y la erudición de Estefanía Uribe Wolff rescato esta reseña que escribí sobre su libro maravilloso. Les recuerdo que fue reconocido como uno de los libros del año en 2013 y por el hecho de que Tefa no haya vuelto a publicar otros libros nadie tiene derecho a dudar de ella, de su escritura, su estilo, su fuerza ni su sensibilidad.

“Cuando lloraba y se acercaban a quitarme las lágrimas les decía suplicando: no me quiten mis tristezas. Adoraba el líquido que brotaba de mis ojos porque  era la consumación y demostración más pura de mis dolores; por eso no las llamaba lágrimas sino tristezas. Esas, que impregnaban de un olor mi trapo rosado que perdí o perdieron en una cantina de un olor que solamente mi olfato percibía”.

Unos cuantos piqueticos

***

A Tefa, @tefa_ o Estefanía la conozco desde hace ya bastante tiempo si partimos de la certeza de que a través de Twitter podemos llegar a conocer a la gente mucho más y mejor que cuando convivimos con ellos. Ella se disputa el puesto de mi mejor amiga virtual con @jmalaparte. A las dos las quiero con intensidades similares y ellas se quieren un poco también aunque a veces discuten porque @tefa_ quiere seguir bebiendo y @Jmalaparte quiere que ella deje de beber. Lo que @jmalaparte no sabe es que @tefa_ comparte creencias con algunos místicos presocráticos: “Estoy segura de que en otra vida fui eso, una planta de agave macho segada por un jimador allá de Jalisco a la que luego procesaron, fermentaron y convirtieron en un tequila del que habrían de beber el mismísimo Emiliano Zapata brindando con Pancho Villa y que luego fue a dar a la casa de Frida, donde Chavela Vargas se lo encontró y se lo tomó con ella, Diego y Trotsky (pág. 24-25).

El libro de Tefa lo recibí el viernes. Siempre es emocionante recibir libros de otras ciudades o países pero este libro me emocionó más que otros venidos de mucho más lejos. Destapé la bolsa, rompí el sobre, miré su nombre y el mío con nuestras direcciones y nuestros nombres completos y adentro estaba su libro:  Aún no era grande, de Estefanía Uribe Wolff. La llamé y deseé con todo mi amor que me fascinara su libro y, claro, me fascinó, es un libro digno de mis ojos: literatura colombiana escrita por una mujer digna de ser leída con atención, digna de ser recomendada por alguien como yo. Lo leí el sábado, hoy es domingo, me levanté temprano, lo volví a leer y ahora me dispongo a escribir sobre esta belleza.

Es un libro de 57 páginas compuesto por diez textos breves con varios temas recurrentes: el coqueo, las tristeza, el dolor, el vómito, las supersticiones, el alcohol, Frida y Carolina Sanín. Mientras los leía pensaba que tal vez yo también debería publicar un libro, la experiencia de leer en pantalla no se compara con la experiencia del lector ante el papel con un resaltador rosado en la mano y un micropunta para hacer anotaciones sobre lo que se ha resaltado. Las palabras de Tefa merecen la letra impresa, la experiencia única que implica leer en papel, ver cómo se va transformando el libro a medida que transcurre el tiempo y vamos dejando marcas de cada una de las lecturas. Es un libro con dedicatoria, a primera vista pensé en la letra de una niña de colegio, pero cuando terminé de leer y volví a revisarla noté la mano temblorosa de quien escribe en el libro: “Tiemblo, es inevitable. Y no es miedo, ni es frío, ni es rabia, ni angustia, ni desazón. Tiemblo porque sí, desde siempre, por lo que me tomo en las mañanas y durante el día. Pastillas y café: una para la gastritis, otra inmunosupresora, otra azulita que no sé bien qué hace y otras dos blancas que me permiten ser gente…  Todas hacen temblar”. (pág. 31). Con esa misma mano temblorosa Estefanía escribió con tinta negra: “Para mi muy querida amiga Elsy (un corazón gordo dibujado) con amor, Estefanía Uribe W.).

La primera historia arranca con el bendito coqueo: “El coqueo es una cobija pequeña en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací” (pág. 13) y el amor que Estefanía profesa hacia esa cobija devenida en trapo sucio y feo casi me hace llorar, yo que no lloro desde hace más de treinta años. El coqueo se perdió en una cantina: “Con el coqueo limpian regueros de aguardiente, mocos de borracho y no de niño y ya no es ni siquiera rosadito sino gris y feo, le cortaron las orejas, le quitaron el borde de satín y ya ni siquiera era un conejo” (pág. 15). Nuestra heroína recupera su coqueo porque lo reconoce después de mucho tiempo en la cantina donde quedó abandonado: “Mi llanto tiene  la particularidad de impregnar las cosas por siempre, con todo y un olor característico” (pág. 26).

Aún no era grande no es literatura infantil, no es una novela, tampoco es una colección de cuentos, nos recuerda la prosa de Fernando Vallejo y la de Juan Rulfo: “Al lado del río Cauca, entre Bolombolo y Concordia, quedaba La Herradura. Ya no existe… Y en ese lugar del mundo las estrellas son tantas, tantas, que el cielo parece blanco con manchas negras… Abajo, luciérnagas y cocuyos en un danzar extraño parecían hacerle espejo a la bóveda celestial” (pág. 19).  Es una prosa premeditada, escritura pura, atención y cuidado en la combinación de palabras y sonidos, una verdadera delicia para los ojos y para los oídos y de una tristeza más triste que la de los narradores jaliscienses de algunos cuentos de  Juan Rulfo; pero no es una vil copia de ningún autor, es la obra de una mujer y plasma temas que otras mujeres no se han atrevido a plasmar en la literatura colombiana. Esa es la gran novedad.

La mujer retratada por Estefanía no es una modelo SoHo siempre lista para ser penetrada sino una mujer de carne y hueso: “Sí, calma, y al otro día da temblor. Como el tiempo, pensamientos y obsesiones se detienen por un instante y todos los órganos con terminaciones nerviosas  se anestesian: el clítoris, por ejemplo, es como un miembro fantasma, y creo que es lo que sienten las personas mutiladas con sus pedazos faltantes. No hay lubricación y una penetración duele mucho. ¿Cómo harán la señoras casadas? ¿Y las que tienen novio? Bueno, yo no soy casada ni tengo novio. Punto a mi favor (pág 32).

Hay varias mujeres amadas en el libro, las que más sobresalen son la abuela Lucinés, Frida Kahlo y Carolina Sanín. A través de la abuela se recrea el amor a primera vista que solemos tener con un familiar muy cercano, a través de la  artista mexicana se recrea el  dolor del cuerpo femenino -la fuerza sacada a través de ese dolor- y a través de la escritora colombiana, llamada Justina en el libro, se recrea la sabiduría, la madurez, las profecías cumplidas pronunciadas por la sabia. Es en estas citas donde mejor se reconoce la voz de la autora con toda su originalidad, ella está obsesionada con lo femenino y no necesita que un hombre le explique su comportamiento, ella misma se encarga de hacerlo. En “Unos cuantos piqueticos”, el último relato, es donde mejor podemos apreciarlo:

Y el dolor de Frida  no es por la sangre que le escurre de su cuerpo desnudo. Ella siente un dolor que va más allá de esa pintura y de la sangre, de los piquetes… Tatuajes, los tatuajes son unos cuantos, infinitos, incontables o innumerables piqueticos… Sangre que sale de uno mismo, de las mujeres, sangre que hacía que las niñas  se volvieran mujeres. Que crecieran, por chillonas, ¿yo por qué? ¿Yo para qué iba a querer senos si me gustaba quitarme la camisa para jugar lo que fuera cuando hacía calor… Y el día que lloré, que me vieron llorar, fui a hacerme mi primer tatuaje, ese de la virgen que vino a tapar la mariposa. Punto por punto, aguanté un martirio de siete horas justo en la columna, el lugar del cuerpo que más le jodió la vida a Frida, que la invalidó e hizo que sus yesos en forma de corsés fueran obras de arte. La sangre me brotaba por la espalda baja y era de colores, de muchos colores.

Es mejor derramar sangre que lágrimas. Aguantar unos cuantos piqueticos. (pág. 56-57).

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En Colombia no hay escritoras

Carolina Sanín no tiene talento, sentido del humor ni gracia pero se empeña en ser reconocida como una de las grandes escritoras colombianas del Nuevo Milenio. Posa de feminista irreverente, sueña con que es la fusión entre Quevedo y Fernando Vallejo, se toma por la mejor copia de las humoristas norteamericanas a las que tanto imita con logros bastante lamentables -porque Carolina no nació con la vis comica– y aunque quiera renegar de su clase se siente cómoda en su condición privilegiada. Con esos antecedentes es imposible hacer arte, feminismo, humor o cualquier objetivo que se proponga en la vida.

Cada cierto tiempo Carolina arma un escándalo y logra su objetivo: trascender Facebook y crear alboroto a partir de una tontería y esas actitudes de niña mimada siempre arrastran a seres inocentes bien sea porque atenta contra instituciones prestigiosas o porque al querer hacer el bien termina haciendo el mal y cae la máscara de algún impostor. Con la última travesura intelectual de Carolina Sanín fueron varias las damnificadas, todas mujeres, claro, y no precisamente porque el heteropatriarcado haya querido prescindir de mujeres en un tonto evento en París (ese fue el origen de todos los males) sino porque gracias al show de más de cincuenta mujeres que no saben escribir -incluida Carolina- descubrimos que en Colombia no hay escritoras consagradas como Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo y que estamos muy mal de crítica literaria y de aproximaciones feministas a apuestas estéticas cuando son abordadas por mujeres. No hay escritoras, no hay críticas y el feminismo está en manos de Carolina Sanín y Catalina Ruiz-Navarro. El panorama no puede ser más desolador.

Carolina no quiere ni respeta a Catalina pero Catalina cometió la torpeza de seguirle el juego a Carolina y escribió una columna “demoledora” contra García Márquez que ha sido objeto de análisis por parte varios críticos hombres, ninguna mujer. ¿Dónde están las críticas colombianas?

El mandato de Carolina Sanín fue  contundente: si hay diez hombres en París el Ministerio está obligado a encontrar a las mujeres, a las escritoras colombianas. Y entonces las mujeres empoderadas empezaron a buscarlas y terminaron encontrando a las modelos SoHo que ya pasaron de moda por viejas y gastadas, porque ya fueron a todas las ferias y fiestas del cuerpo y están agotadas. Encontraron a las escritoras consagradas que no alcanzan el nivel de los hombres y siguieron buscando para hacer una gran lista de mujeres que escriben y las listas no son muy extensas, son listas cortas y son tan escasas nuestras maestras de las letras que terminó colada en los listados hasta Estefanía Uribe Wolff. El panorama no puede ser más desolador.

De lista en lista y de Manifiesto en Manifiesto hasta los señoritos Ricardo Silva Romero y Juan Esteban Constaín trataron de alzar un poco la voz y parecer un poco indignados y acompañaron a las exmodelos y a otras mujeres a decir en tono de reproche: ¡En Colombia sí hay escritoras!

De este lamentable circo llamado Cultura Colombiana hay algo que podemos rescatar: por fin los lectores expertos y el público en general están empezando a notar que Catalina Ruiz-Navarro pasó por la universidad pero no fue tocada por el mundo académico y su feminismo y empoderamiento son tan frágiles que se pueden desbaratar en dos columnas. Esa es la noticia positiva.

Feminismo dañino y distorsionado

La maestra del plagio Catalina Ruiz-Navarro en su última columna ahora sí tocó fondo en el arte de la estupidez, la superficialidad y el feminismo tonto: no invitaron a las malas escritoras colombianas a París y la niña rebelde que posa de feminista sin saber nada de feminismo llegó a unas conclusiones que harían llorar de vergüenza a un estudiante de literatura de segundo semestre de cualquier universidad del mundo. Con ustedes Cata la feminista hipster y boba a conciencia:

Sobre Remedios la Bella se podría escribir un largo ensayo sobre la mirada predadora masculina y el acoso. Tan machista era Gabo que en su verde vejez tuvo el nervio de escribir las Memorias de mis putas tristes, que además de ser un irrespeto simbólico a su fiel esposa, Mercedes, que literalmente lo mantuvo para que escribiera su gran obra, es una fan fiction de La casa de las bellas durmientes de Kawabata, que cuenta la historia de una suerte de prostíbulo a donde los viejos verdes impotentes van a restregársele a doncellas dormidas, es decir, es un libro sobre violaciones. Estos son los tropos de los escritores latinoamericanos, los del Boom son casi todos asquerosamente machistas, y hasta Neruda en sus memorias confiesa una violación “casual” que el escritor comete cuando ve a la empleada que le arregla el cuarto y “le dan ganas”. Pero el machismo en la literatura no lo vamos a notar hasta que leamos a las mujeres. No puede ser que toda nuestra imaginación esté sólo alimentada por las ficciones que escriben los machos.

Carta abierta a Ignacio Garnica

Señor Ignacio Garnica:

Buscando información sobre Carolina Sanín para divertirme un poco a costa de su estupidez me encontré con un tuit insultante en el que usted me compara o me pone al lado de Virginia Mayer y Carolina Sanín; dice usted: “Elsy, Virginia Mayer, Carolina Sanín. Una radiografía de la literatura colombiana en la actualidad”. Doy por hecho que al escribir Elsy se refiere a mí porque de esa forma se refiere mucha gente por motivos que no conozco. Me parece un exceso de confianza pero no importa, ese no es el tema del que le quiero hablar.

Lo que quiero pedirle a través de esta carta es que tenga usted la decencia de no poner mi nombre al lado de gente despreciable a la que me he tomado el trabajo de ir desenmascarando desde hace unos cinco años desde mi cuenta de Twitter y desde este blog; impostores intelectuales de todas las calañas, artistas que no saben de arte, humoristas que hacen llorar de pena ajena a un payaso, feministas que ofenden la Causa, periodistas que enlodan la profesión.

Si usted me ha leído con atención debe entender que mi intención no consiste en formar parte del campo literario colombiano sino en observar cómo funciona ese campo, qué tan bajo puede llegar si es que se puede llegar más bajo, cómo se encubren unos a otros los plagios y cómo se aplauden y se premian su falta de talento y de dignidad. Si se fija con atención yo no estoy con ellos sino contra ellos, lejos de los lugares que habitan ellos, sus sueños serían para mí una pesadilla o un castigo.

Le recuerdo que no he publicado libros, no asisto a eventos culturales de ningún tipo, no tengo amigos escritores, no promociono a nadie ni aspiro a nada.

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Como en el punk

“Muy buena labor la que hace y me emputa que la gente no se lo reconozca, aunque debe tener muchos lectores explícitos y callados, claro. Usted tiene que seguir firme en la independencia, la autogestión, y escribir más en el blog, cada vez escribirá mejor y luego recopila en libros. Y para la Luis Ángel Arango. Usted es punk sin saberlo”.

Ahora la transcripción de un audio de mi manager, asesor de imagen y guía espiritual.

Con ustedes Juan Sebastián Lozano:

“Hoy estaba, ah, bueno, anoche me puse a, a mirar, a leer su blog y hay cosas muy buenas, yo no sé por qué los últimos yo no los había leído y estaba leyendo todo eso que usted puso de las conversaciones que teníamos  nosotros, del simio lujurioso y otras. Muy bonito, todo eso le quedó muy bien. No sólo eso sino que leí alguna crítica por ahí a Catalina y a Virginia Mayer y a mí me pareció muy coherente a pesar de que algunas cositas ahí que no estoy de acuerdo pero, en general me pareció coherente y están muy bien escritas y muy buenos. Estaba pensando que por qué la gente no reconoce eso, la gente es muy mezquina ¿No? Esos posts que usted tiene ahí son muy buenos, incluso hay uno de, de las cartas, que usted nombra de los Arcanos, que yo soy Marte y que nací el 9 de julio y no sé qué, que me encantó. Eso puedo ser un cuento. Incluso parece, es mejor que, parece un cuento de esos de Bolaño, de Las putas asesinas, pero muy chévere, muy buenos, y me emputa que la gente no reconozca eso, claro, porque de pronto por escribirlo gratuito y eso ¿No? Si estuvieran en un libro o algo así sería distinto. Pero también pienso que el medio es el mensaje y que el espacio para eso es el blog, para eso que usted hace. Pero me parecieron muy buenos y entonces retiro mi, la leí y la admiro más, en serio, retiro mis cosas cuando le decía que a veces no me convencía lo que escribía. Esto, esto que leí anoche me convenció mucho, las cartas sí me dio un poco  pereza leerlas, la verdad, pero esto que escribió, que ha escrito últimamente, muy bueno. Me ha gustado mucho y la felicito.