Cosas que piensas cuando te muerdes las uñas

Este libro de Amalia Andrade se lee en tres horas y el título del post es el título del libro para que el lector dimensione de entrada y sin anestesia la calidad literaria del bodrio que nos ocupa.

El adefesio que llaman libro y catalogan como literatura es un homenaje a la gente que se enriquece sin esfuerzo y a la gente que lee libros sin esfuerzo, como quien se come una hamburguesa, toma la foto, la publica en Instagram y recibe muchos favs de otra gente que también come hamburguesa, toma la foto y la publica en Instagram; un libro digno de ser reseñado y elogiado en la revista Shock por la gran pensadora y filósofa feminista Paula Ricciulli, que basa sus investigaciones en salud mental en tuits profundos de otras expertas tipo Lorena Beltrán, gurú en Twitter y quién sabe dónde más sólo porque tiene problemas de depresión y ansiedad y asume que su estado la convierte en experta en enfermedades mentales, igual que la otra doctora sin título, la vendedora de libros más exitosa en este momento en Colombia porque descubrió el toque secreto para engañar inocentes: Amalia Andrade.

¿Puede ser más desolador el panorama?

¡No!

¿Las mujeres colombianas que se hacen notar en los medios están matando al feminismo y de paso nos están demostrando que fueron educadas para ser mujeres superficiales y facilistas que echan a perder el trabajo académico de otras mujeres que se han ocupado del feminismo y de la literatura de forma seria y rigurosa?

¡Sí!

Cito a continuación una de las reflexiones profundas más recientes de la hermana gemela de Amalia Andrade que de paso da cuenta de la acogida que estas divas del  pensamiento joven tienen en redes sociales:

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Y ahora un tuit estrella de la Autora para dimensionar el éxito que tienen sus reflexiones más célebres:

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Estamos en un momento crucial en la Historia del Pensamiento porque nunca como antes el  universo de los tontos se había tomado el mundo y una persona como Amalia Andrade y quién sabe cuántos clones más de ella a lo largo del planeta pasan por artistas, ilustradoras, asesoras espirituales y salvavidas.

¿Quiénes la llaman Artista?

Los editores de Planeta que se están llenando los bolsillos vendiendo ejemplares de estos libros que superan niveles de estupidez nunca antes vistos en la historia de los libros de autosuperación; Amalia Andrade es la Yuya de las tonterías impresas sin haber pasado antes por una canal en YouTube, tiene talento para engañar a la gente y debe tener un buen grupo de amigos mucho menos inteligentes que ella que la asesoran con trucos para engañar incautos.

Citemos a la Autora:

“Hay que hablar. Hay que mostrar lo

invisible. Hay que incomodar a algunos

para liberarnos a nosotros mismos.

Hay que gritar: se vale estar “roto”

se vale no ser perfecto se vale no querer

serlo. Está bien estar mal. Está bien

tener miedo”.

No se necesita ser Harold Bloom para saber que la reflexión mal redactada (como todo el libro) que acabo de digitar nos presenta de paso el tipo de lector que construye esta narración. Se trata de libros de autosuperación para señoras y señoritas que se toman por feministas empoderadas y que además se quieren sentir inteligentes y de avanzada porque leen libros que parecen profundos y con excelente sentido del humor aunque sean superficiales y ninguno de los chistes premeditados para hacer reír hagan reír a una persona con buen sentido del humor y cito de nuevo:

“NOTA: Estamos en el siglo XXI

y yo le tengo miedo a todas

las cosas citadas anteriormente.

En especial a la brujería.

SOBRETODO a la brujería. ¿Será

que seré víctima de este flagelo

por haber hecho esta confesión?

POR FAVOR, personas creativas

afines a la brujería, no me

hagan NADA. Por si acaso, igual

voy a dejar por acá un dibujo de

San Benito y de Selena a

manera de protección perpetua”.

Catalina Ruiz-Navarro incurre en plagio de forma recurrente para parecer inteligente, profunda y culta y eso no tiene presentación porque se apropia de las ideas y el estilo de otros y además el plagio es un delito. ¡Muy mal por Cata! Pero parece todavía más preocupante la actitud de Amalia Andrade porque de entrada se presenta como lo que es: una mujer que aunque pasó por la universidad parece no haber sido tocada por el espacio académico y no sólo eso sino que además desprecia la vida intelectual y a los intelectuales; lo de ella es Wikipedia, Instagram, los tutoriales de maquillaje, las series, las tontas canciones de amor, encontrar el truco perfecto para hacer desaparecer estrías, comer postres deliciosos que no le hagan perder la figura y, por sobre todas las cosas en la vida, el deseo infinito de volverse rica vendiendo basura. Lo dice sin rubor y eso la convierte en una mujer cínica que no merece ningún tipo de consideración precisamente por eso.

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Antonio García Ángel posando de perdedor en ferias y fiestas

Mensajes de los lectores:

Aunque pueda ser que discutemos el tonito de su escrito, tiene mucha razón. Yo era devoto de Marío Mendoza en mi adolescencia y ese ídolo de barro se me cayó con “Relato de un Asesino”, que novela tan mal construida. Luego intenté con “Diario del Fin del Mundo” y casi me vomito. Es muy mal escritor. A.G.A. no lo conozco, (osea no lo he leído) pero tuve la oportunidad de asistir a una charla suya el pasado sábado, y no sé. Lo que vi es que tiene una actitud derrotista y una pose de elogio del fracaso que no me gustó. Escuché con especial atención su peripecia para que le publicaran su primera novela “Mi casa es su casa”. En cualquier caso no me dieron ganas de leerlo y no lo haré. Saludos.

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Amalia Andrade y el arte de vender basura

Colombia se supera a sí misma como desastre año tras año y la literatura que se escribe en este país sin esperanza es una muestra más de la corrupción que todo lo devora, del mundo del marketing, la superficialidad, la ignorancia y la falta de profundidad asumidas de forma consciente por “autores” que no tienen nada que decir pero lo dicen porque les parece chévere escribir un libro para dedicarle a los amigos que también posarán de escritores y con quienes se encontrarán en ferias y fiestas del libro para posar de artistas juntos aunque todos sepan que ninguno tiene talento. Ellos no tienen talento, tienen amigos que los ponen en contacto con el negocio de la literatura que no es rentable pero los hace sentir bien, al lado de los Artistas.

Por puro morbo me gusta saber en qué va la movida cultural colombiana, quiénes son las nuevas modelos Soho, actrices de telenovela, modelos webcam o chicas Aguila  dispuestas ahora a complacernos con sus letras inspiradas en sus vivencias o fantasías y navegando supe de la existencia de Amalia Andrade, el paquete perfecto para vender libros al estilo Walter Riso, su Maestro espiritual y en ventas. Me imagino que ve muy lejos a Paulo Coehlo pero como va va muy bien. Dicen los medios que es la vendedora de libros más exitosa que tenemos, vendedora tipo exportación.

Amalia no es feminista pop pero sí fue chica Soho lesbiana y elitista. Ya sabemos todos, todas y todes que salir del clóset vende y ser depresiva también y esta pobre chica ha sabido sacarle provecho a su triste condición. Amalia es de la rosca de Gloria Susana Esquivel (íntima amiga de Carolina Sanín), a quien le dedica el bodrio del que nos vamos a ocupar hoy. El título del libro es tan espantoso que prefiero no digitarlo porque me siento sucia copiando esas palabras tan mal articuladas (al final del texto copio la imagen para que el lector lo lea con sus propios ojos).

El libro es libro porque son hojas impresas encuadernadas pero el contenido es una absoluta estupidez que se lee en una tarde, es el tipo de libro para leer en el avión o en la sala de espera y tiene más espacios en blanco que contenido. Lo venden como obra no acabada que la lectora terminará de armar y entonces es una especie de obra colectiva que empieza la escritora boba y termina la lectora boba. Leyendo el libro me imaginé los kits para niñas tontas que vende la youtuber Yuya, que probablemente inspiró a nuestra presa de amor depresiva y creadora.

Amalia Andrade se siente tremendamente creativa porque escribe a mano una lista interminable de frases insulsas y consejos estúpidos que aprendió de los cientos de libros de autosuperación que ha leído y dibuja mamarrachos del tipo de los que hace un niño en una cartilla de segundo de Primaria; luego imprimen esa tontería, la encuadernan y la llaman obra literaria porque lo más sorprendente de todo es que no están vendiendo a la chica depresiva,  superficial, adicta a las compras y a las series, autodestructiva y enamoradiza como escritora de basura de autosuperación ni como autora de libros para mujeres tristes de las que se duermen leyendo un clásico de doscientas páginas sino que la promocionan como artista. La chica tonta cree que Madame Bovary es un libro de autosuperación y se siente dichosa si sus libros basura pueden ayudar a alguien a superar las penas de amor. ¡Nunca había visto una forma tan errada de interpretar la obra de Flaubert!

Uno de los peores desaciertos de este libro, que se constituye además en una falta de respeto con la psicología y en un riesgo para las personas con enfermedades mentales que tengan la mala suerte de leerlo y sentir que curan sus heridas siguiéndole la cuerda a la autora, es que da consejos con autoridad como si se tratara de una terapeuta cuando es evidente que se trata de una persona perturbada que necesita ayuda profesional. No olvidemos que la autora de Cómo superar las dificultades se mató ante la primera dificultad y el autor de Cómo salvar su matrimonio mató a su esposa.9786070732850

La mirada de Antonio García Ángel

No conozco a nadie porque nací arrogante y aunque me he cruzado con mucha gente a lo largo de la vida no hago ningún esfuerzo para recordar nombres, ocupaciones, escalones sociales o posiciones en el hall de la fama. Tampoco recuerdo caras.

Muchas veces me han preguntado por personas con nombre propio y mi respuesta siempre es la misma: no lo conozco. No lo conozco aunque esa persona me conozca, sepa mi nombre, lea lo que escribo, haya conversado conmigo un par de veces y hasta se tome por amigo mío.

Casi siempre camino mirando hacia ninguna parte porque mi ocupación favorita no es mirar sino pensar, pero muchas veces siento que me miran con atención, como si me conocieran y algunas veces miro bien a la persona que me mira tratando de entender quién es y si alguna vez hemos hablado y casi nunca puedo saber quién es el que me mira.

Ayer estaba en la biblioteca y vi que alguien me miraba, lo miré para tratar de saber si sabía quién era y por qué me miraba como me miraba. El me miraba, yo lo miraba, él me volvía a mirar, yo lo volvía a mirar y al final el pobre hombre me miró con mirada lastimera, como de perro apaleado, y yo decidí mirar para otro lado.

Lo mirada lastimera de perro apaleado en el rostro de un hombre me conmovió un poco, me pregunté por qué alguien a quien nunca había visto antes mi miró con esa cara, como si temiera un golpe en la espalda de mi parte con una porra, como si conociera la contundencia de mis golpes y lo implacable de mis palizas.

Mi compañero de viaje estaba haciendo la consulta en la biblioteca y mientras él miraba el catálogo le narré la conmovedora historia, él detuvo un momento la búsqueda, me miró a los ojos y me dijo sonriendo: ¡Es @erizodemar!

Era Antonio García Ángel el hombre con mirada de perro apaleado, la eterna promesa de la literatura colombiana, el remedo de escritor de quien me he ocupado varias veces en este blog, el mismo hombre que me había mirado antes (en Avenida Chile) y yo no había visto y sí había visto mi amigo que goza viendo la mirada y la reacción de otros mientras me miran.

Cuando mi amigo llegó a la biblioteca yo estaba mirando el teléfono y el perro apaleado me estaba mirando a mí. Vio cómo nos miramos él y yo cuando nos saludamos, después me miró con mirada de perro porque seguramente pensó que yo sabía a quién estaba mirando y no, no lo sabía.

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Vivir en Piedad

Al negro siempre le toca trabajar el doble para que le reconozcan algo, pero utilizar el color de la piel para justificar los fracasos es una disculpa que sacan los perezosos.

Juan Luis Castro Córdoba es uno de los hijos de Piedad Córdoba y escribió un libro sobre él, sobre ella, sobre su familia y sobre Colombia, la Colombia que muy pocas personas conocen, la de Chocó y Buenaventura, la de los Castro Córdoba en Medellín y la de los colombianos que lo tienen todo en el exterior y deciden regresar como él por diferentes razones, especialmente por los amigos, los recuerdos de la infancia, la familia, el verano eterno que vivimos en Colombia y que nos hace tan particulares: seres humanos que gozan con la música, el baile, la comida y el aguardiente en medio de la violencia, la pobreza extrema, la ignorancia más atrevida, el racismo sin ningún tipo de pudor ni disimulo, el clasismo, el machismo y el arribismo que nos convierte en seres exóticos gracias a que a esta mezcla explosiva y confusa se le suma el narcotráfico, el uribismo, la impunidad, la hipocresía, el fanatismo religioso y la falta de memoria para reconocer los méritos de las personas que no son como nosotros y se han esforzado por los demás por el simple placer de ayudar. No los reconocemos porque los medios de comunicación se han encargado de hacerlos ver como villanos y de tanto repetirlo un país entero ha terminado creyéndolo.

Vivir en Piedad es un libro necesario en Colombia para hacer memoria, para conocer la versión de los hechos desde la mirada del hijo de la figura pública más repudiada en Colombia porque tiene todos los requisitos para serlo, la famosa triple dominación según lo planteado por Pierre Bourdieu en La dominación masculina: mujer, negra, arrogante y directa. Eso en Colombia es imperdonable: A una persona como yo (Piedad Córdoba), para llegar más lejos en política, le queda muy difícil… Me tendría que cambiar el color de la piel, volverme hombre y volver a nacer en una familia rica… Haga lo que haga seguiré siendo esa negra, la mica del Congreso. La gente nunca me va a respetar.

La queja más directa a lo largo del libro es el racismo, una condena que no ha vivido sólo Piedad Córdoba y su familia sino una gran parte de colombianos olvidados y abandonados por el Estado. Estamos tan acostumbrados a pensar en las personas de raza negra a partir de nuestros prejuicios que imaginar algunos pasajes del libro nos hace pensar que se trata de una película y no es ficción lo que se narra aunque la historia esté enmarcada en la  autoficción -sin contar con que es el hijo quien habla de sus padres, abuelos, hermanos-  y, claro, se pueden desfigurar algunos hechos porque se habla de seres humanos reales con toda la carga afectiva y desde la nostalgia de saber que ya no están porque algunos personajes murieron o porque durante un buen lapso de tiempo estuvieron separados en el espacio pero unidos por el dolor y la incertidumbre; de forma inconsciente el autor tratará de mostrar la versión que más los favorece como familia y como seres humanos porque uno de los propósitos es reivindicar la imagen, el verdadero rostro de una mujer que ha sido estigmatizada por los medios de comunicación colombianos.

La autoficción recrea recuerdos y sensaciones personales vividas por alguien que escribe y bien sabemos que cada vez que recordamos un hecho lo modificamos; cuando escribimos sobre lo ocurrido esos hechos se convierten en literatura, en una nueva versión de la vida con fines estéticos: Pero todo cambió en el pueblo con la llegada de Zabulón. Para los habitantes de allí era muy raro ver a una persona negra, pero más raro aún era ver a una persona negra tan bien vestida, en traje de seda, con camisa almidonada, encorbatada, con anteojos y un sombrero de hoja delantera que entonces estaba de moda. Zabulón es el padre de Piedad Córdoba.

Las vacaciones terminaron. Me encontraba en el bus de regreso a Medellín, mis hermanos y yo siempre habíamos llorado desaforadamente por tener que regresar a casa, por tener que regresar a un lugar donde nos hacían sentir como extraterrestres por el color de nuestra piel, y porque tenía que retomar el colegio. A lo largo de la narración son frecuentes los recuerdos de la infancia feliz sin necesidad de grandes lujos ni manjares, se resalta la alegría de la gente, la fuerza de la raza en medio de las dificultades y hay una idea que se repite en varios pasajes: la certeza de que la raza negra es poderosa porque en Colombia está asociada con la esclavitud y con todo el desprecio posterior, con poner al límite a seres humanos que fueron tratados de forma inmisericorde, los sobrevivientes son los más fuertes y no sólo sobrevivieron, son más fuertes y resistentes que los supuestos blancos que los desprecian.

Una de las razones de Juan Luis para regresar a Colombia tiene que ver con los recuerdos, recuerdos de sus vacaciones en Buenaventura: En medio de la noche, extrañaba la Canturrana, el barrio donde vivía mi tía Chepa en Buenaventura, donde yo quería vivir. Extrañaba dormir en la cama con toldillo a prueba de cucarachas, zancudos y ratas que se apoderaban de la casa en la noche apenas apagaban la luz. Extrañaba el sonido de la lluvia en el techo, que me arrullaba en las noches; o las tardes jugando con mis primos en la azotea mientras nos mojaba el agua lluvia y nos frotábamos con jabón azul, de ese que se usa para lavar la ropa. Extrañaba salir a correr en calzoncillos con mis amigos, para terminar en la playa El Arenal y nadar en el agua color café del mar de Buenaventura; o ver los buques de carga llegar y salir del puerto. Extrañaba las varas de pescar improvisadas con palos de escoba y nylon; o tratar de sacar de las entrañas de la playa un cangrejo para luego comérnoslo.

Recuerdos de Colombia estando en Estados Unidos o en Canadá y una posición laboral que termina siendo demasiado cómoda y monótona lo motivan a  regresar al país:

No podía negar que mi situación era mucho mejor económica y académicamente que la de casi cualquier profesional que trabajara en mi país. Tenía acceso a una educación de alta calidad en mi especialización y me estaban pagando por hacerla, pero a veces sentía que el precio era muy alto, especialmente cuando llegaba el invierno. Poco a poco, con el tiempo, uno se da cuenta de que el recuerdo como persona se hace vago y tardío en la memoria de aquellos que uno dejó en su país. La proximidad se pierde paulatinamente, lo cual hace más pronunciado ese sentimiento recíproco de olvido, pero a la vez el anhelo de recuperar esa proximidad se agranda a medida que pasa el tiempo estando lejos. Es muy común escuchar el cuento de estar ahorrando para volverse al país de origen, o el de estar comprando un terreno o una casa en la tierra natal con el fin de regresar. Sin embargo, a medida que el tiempo pasa las cosas se complican y volver se hace más difícil.

Juan Luis narra la historia de su madre mientras narra la suya y en una buena parte del libro se destaca el hecho comprobado de que la pasión por un deporte nos da instrucciones para la vida:

El atletismo se corre como se vive la vida: no te preocupes por el final, sencillamente preocúpate por entrenar y correr con mucho esfuerzo, eso te va a pulir el carácter y te va a hacer mejor. En la medida en que uno soporta más dolor, corre más rápido y por más tiempo, y la vida se hace más fácil. Después, cuando tengas problemas, te vas a acordar de ese cansancio, de ese sufrimiento, y te va a parecer un juego todo lo demás.

Había aprendido que las carreras se ganan o se corren mejor si se respeta el ritmo propio y no se trata de manejarlo con respecto al competidor.

Juan Luis tardó mucho tiempo en comprender el carácter y las pasiones de su madre y son frecuentes los conflictos entre ellos porque son personas diferentes y no es fácil ser el hijo de Piedad Córdoba, una mujer que denuncia, que habla fuerte, que señala con nombres propios y que está dispuesta a llegar al fondo de sus pesquisas y de sus proyectos: Ella sabía que nunca ganaría la presidencia, aspiración de todo político, pero pensaba que al menos sería reconocida como una líder aguerrida…. Su vocación era la sangre que corría por sus venas; quizá lo había heredado del Senador negro más influyente en la historia de Colombia, quien fue su tío… Yo que apenas me estaba acostumbrando a lidiar con ser negro, pecado heredado a los ojos de los demás, también tenía que soportar el desasosiego de estar relacionado con un personaje controversial de la vida política nacional.

Esta reflexión de un asesor es un poco triste porque nos muestra una de las verdades más dolorosas de la naturaleza de los colombianos: Tienes que entender que este es un país racista, sexista y victoriano. Vender tu imagen es muy difícil, ¿qué estás pensando?, ¿que estás en Europa o en Estados Unidos? Por más que tengas la razón, la gente lo que ve es una muchacha del servicio diciéndoles cómo dirigir el país. Y qué pena que sea tan honesto, pero este es mi punto de vista. Y es más difícil cuando eres pendenciera y agresiva al hablar de tus adversarios políticos.

Al final del libro el narrador-autor-hijo se pregunta:

¿Cómo se explica que se haya metido contra la mafia impulsando la extradición, que se haya metido a criticar a los paramilitares cuando estaban en todo su furor y nadie los denunciaba, que se haya atrevido a meterse con el presidente más popular que ha tenido Colombia, así como también que haya criticado a las guerrillas con lo de los cultivos de hoja de coca? ¿Cómo explicar que apoyara el Chavismo a pesar de la persecución incesante de la clase política y medios de comunicación colombianos y norteamericanos, que defendiera un proceso de paz y se echara al 50% de los colombianos en contra? ¿Cómo se explica que desde hace más de 15 años se haya dado a la tarea de abogar por el aborto y los derechos de los homosexuales en un país católico, apostólico y romano, que se haya dejado tomar esa foto con las FARC a sabiendas de la publicidad negativa que esto traería? ¿O que, a pesar del desgaste, la publicidad negativa y los problemas legales que debió afrontar por las acusaciones de traición a la patria y terrorismo por parte del Gobierno de Uribe, haya seguido metida en la liberación de los secuestrados y ahora en el proceso de paz?

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Aún no era grande

Para los tuiteros ignorantes, sin imaginación ni sentido del humor que están dudando del talento y la erudición de Estefanía Uribe Wolff rescato esta reseña que escribí sobre su libro maravilloso. Les recuerdo que fue reconocido como uno de los libros del año en 2013 y por el hecho de que Tefa no haya vuelto a publicar otros libros nadie tiene derecho a dudar de ella, de su escritura, su estilo, su fuerza ni su sensibilidad.

“Cuando lloraba y se acercaban a quitarme las lágrimas les decía suplicando: no me quiten mis tristezas. Adoraba el líquido que brotaba de mis ojos porque  era la consumación y demostración más pura de mis dolores; por eso no las llamaba lágrimas sino tristezas. Esas, que impregnaban de un olor mi trapo rosado que perdí o perdieron en una cantina de un olor que solamente mi olfato percibía”.

Unos cuantos piqueticos

***

A Tefa, @tefa_ o Estefanía la conozco desde hace ya bastante tiempo si partimos de la certeza de que a través de Twitter podemos llegar a conocer a la gente mucho más y mejor que cuando convivimos con ellos. Ella se disputa el puesto de mi mejor amiga virtual con @jmalaparte. A las dos las quiero con intensidades similares y ellas se quieren un poco también aunque a veces discuten porque @tefa_ quiere seguir bebiendo y @Jmalaparte quiere que ella deje de beber. Lo que @jmalaparte no sabe es que @tefa_ comparte creencias con algunos místicos presocráticos: “Estoy segura de que en otra vida fui eso, una planta de agave macho segada por un jimador allá de Jalisco a la que luego procesaron, fermentaron y convirtieron en un tequila del que habrían de beber el mismísimo Emiliano Zapata brindando con Pancho Villa y que luego fue a dar a la casa de Frida, donde Chavela Vargas se lo encontró y se lo tomó con ella, Diego y Trotsky (pág. 24-25).

El libro de Tefa lo recibí el viernes. Siempre es emocionante recibir libros de otras ciudades o países pero este libro me emocionó más que otros venidos de mucho más lejos. Destapé la bolsa, rompí el sobre, miré su nombre y el mío con nuestras direcciones y nuestros nombres completos y adentro estaba su libro:  Aún no era grande, de Estefanía Uribe Wolff. La llamé y deseé con todo mi amor que me fascinara su libro y, claro, me fascinó, es un libro digno de mis ojos: literatura colombiana escrita por una mujer digna de ser leída con atención, digna de ser recomendada por alguien como yo. Lo leí el sábado, hoy es domingo, me levanté temprano, lo volví a leer y ahora me dispongo a escribir sobre esta belleza.

Es un libro de 57 páginas compuesto por diez textos breves con varios temas recurrentes: el coqueo, las tristeza, el dolor, el vómito, las supersticiones, el alcohol, Frida y Carolina Sanín. Mientras los leía pensaba que tal vez yo también debería publicar un libro, la experiencia de leer en pantalla no se compara con la experiencia del lector ante el papel con un resaltador rosado en la mano y un micropunta para hacer anotaciones sobre lo que se ha resaltado. Las palabras de Tefa merecen la letra impresa, la experiencia única que implica leer en papel, ver cómo se va transformando el libro a medida que transcurre el tiempo y vamos dejando marcas de cada una de las lecturas. Es un libro con dedicatoria, a primera vista pensé en la letra de una niña de colegio, pero cuando terminé de leer y volví a revisarla noté la mano temblorosa de quien escribe en el libro: “Tiemblo, es inevitable. Y no es miedo, ni es frío, ni es rabia, ni angustia, ni desazón. Tiemblo porque sí, desde siempre, por lo que me tomo en las mañanas y durante el día. Pastillas y café: una para la gastritis, otra inmunosupresora, otra azulita que no sé bien qué hace y otras dos blancas que me permiten ser gente…  Todas hacen temblar”. (pág. 31). Con esa misma mano temblorosa Estefanía escribió con tinta negra: “Para mi muy querida amiga Elsy (un corazón gordo dibujado) con amor, Estefanía Uribe W.).

La primera historia arranca con el bendito coqueo: “El coqueo es una cobija pequeña en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací” (pág. 13) y el amor que Estefanía profesa hacia esa cobija devenida en trapo sucio y feo casi me hace llorar, yo que no lloro desde hace más de treinta años. El coqueo se perdió en una cantina: “Con el coqueo limpian regueros de aguardiente, mocos de borracho y no de niño y ya no es ni siquiera rosadito sino gris y feo, le cortaron las orejas, le quitaron el borde de satín y ya ni siquiera era un conejo” (pág. 15). Nuestra heroína recupera su coqueo porque lo reconoce después de mucho tiempo en la cantina donde quedó abandonado: “Mi llanto tiene  la particularidad de impregnar las cosas por siempre, con todo y un olor característico” (pág. 26).

Aún no era grande no es literatura infantil, no es una novela, tampoco es una colección de cuentos, nos recuerda la prosa de Fernando Vallejo y la de Juan Rulfo: “Al lado del río Cauca, entre Bolombolo y Concordia, quedaba La Herradura. Ya no existe… Y en ese lugar del mundo las estrellas son tantas, tantas, que el cielo parece blanco con manchas negras… Abajo, luciérnagas y cocuyos en un danzar extraño parecían hacerle espejo a la bóveda celestial” (pág. 19).  Es una prosa premeditada, escritura pura, atención y cuidado en la combinación de palabras y sonidos, una verdadera delicia para los ojos y para los oídos y de una tristeza más triste que la de los narradores jaliscienses de algunos cuentos de  Juan Rulfo; pero no es una vil copia de ningún autor, es la obra de una mujer y plasma temas que otras mujeres no se han atrevido a plasmar en la literatura colombiana. Esa es la gran novedad.

La mujer retratada por Estefanía no es una modelo SoHo siempre lista para ser penetrada sino una mujer de carne y hueso: “Sí, calma, y al otro día da temblor. Como el tiempo, pensamientos y obsesiones se detienen por un instante y todos los órganos con terminaciones nerviosas  se anestesian: el clítoris, por ejemplo, es como un miembro fantasma, y creo que es lo que sienten las personas mutiladas con sus pedazos faltantes. No hay lubricación y una penetración duele mucho. ¿Cómo harán la señoras casadas? ¿Y las que tienen novio? Bueno, yo no soy casada ni tengo novio. Punto a mi favor (pág 32).

Hay varias mujeres amadas en el libro, las que más sobresalen son la abuela Lucinés, Frida Kahlo y Carolina Sanín. A través de la abuela se recrea el amor a primera vista que solemos tener con un familiar muy cercano, a través de la  artista mexicana se recrea el  dolor del cuerpo femenino -la fuerza sacada a través de ese dolor- y a través de la escritora colombiana, llamada Justina en el libro, se recrea la sabiduría, la madurez, las profecías cumplidas pronunciadas por la sabia. Es en estas citas donde mejor se reconoce la voz de la autora con toda su originalidad, ella está obsesionada con lo femenino y no necesita que un hombre le explique su comportamiento, ella misma se encarga de hacerlo. En “Unos cuantos piqueticos”, el último relato, es donde mejor podemos apreciarlo:

Y el dolor de Frida  no es por la sangre que le escurre de su cuerpo desnudo. Ella siente un dolor que va más allá de esa pintura y de la sangre, de los piquetes… Tatuajes, los tatuajes son unos cuantos, infinitos, incontables o innumerables piqueticos… Sangre que sale de uno mismo, de las mujeres, sangre que hacía que las niñas  se volvieran mujeres. Que crecieran, por chillonas, ¿yo por qué? ¿Yo para qué iba a querer senos si me gustaba quitarme la camisa para jugar lo que fuera cuando hacía calor… Y el día que lloré, que me vieron llorar, fui a hacerme mi primer tatuaje, ese de la virgen que vino a tapar la mariposa. Punto por punto, aguanté un martirio de siete horas justo en la columna, el lugar del cuerpo que más le jodió la vida a Frida, que la invalidó e hizo que sus yesos en forma de corsés fueran obras de arte. La sangre me brotaba por la espalda baja y era de colores, de muchos colores.

Es mejor derramar sangre que lágrimas. Aguantar unos cuantos piqueticos. (pág. 56-57).

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En Colombia no hay escritoras

Carolina Sanín no tiene talento, sentido del humor ni gracia pero se empeña en ser reconocida como una de las grandes escritoras colombianas del Nuevo Milenio. Posa de feminista irreverente, sueña con que es la fusión entre Quevedo y Fernando Vallejo, se toma por la mejor copia de las humoristas norteamericanas a las que tanto imita con logros bastante lamentables -porque Carolina no nació con la vis comica– y aunque quiera renegar de su clase se siente cómoda en su condición privilegiada. Con esos antecedentes es imposible hacer arte, feminismo, humor o cualquier objetivo que se proponga en la vida.

Cada cierto tiempo Carolina arma un escándalo y logra su objetivo: trascender Facebook y crear alboroto a partir de una tontería y esas actitudes de niña mimada siempre arrastran a seres inocentes bien sea porque atenta contra instituciones prestigiosas o porque al querer hacer el bien termina haciendo el mal y cae la máscara de algún impostor. Con la última travesura intelectual de Carolina Sanín fueron varias las damnificadas, todas mujeres, claro, y no precisamente porque el heteropatriarcado haya querido prescindir de mujeres en un tonto evento en París (ese fue el origen de todos los males) sino porque gracias al show de más de cincuenta mujeres que no saben escribir -incluida Carolina- descubrimos que en Colombia no hay escritoras consagradas como Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo y que estamos muy mal de crítica literaria y de aproximaciones feministas a apuestas estéticas cuando son abordadas por mujeres. No hay escritoras, no hay críticas y el feminismo está en manos de Carolina Sanín y Catalina Ruiz-Navarro. El panorama no puede ser más desolador.

Carolina no quiere ni respeta a Catalina pero Catalina cometió la torpeza de seguirle el juego a Carolina y escribió una columna “demoledora” contra García Márquez que ha sido objeto de análisis por parte varios críticos hombres, ninguna mujer. ¿Dónde están las críticas colombianas?

El mandato de Carolina Sanín fue  contundente: si hay diez hombres en París el Ministerio está obligado a encontrar a las mujeres, a las escritoras colombianas. Y entonces las mujeres empoderadas empezaron a buscarlas y terminaron encontrando a las modelos SoHo que ya pasaron de moda por viejas y gastadas, porque ya fueron a todas las ferias y fiestas del cuerpo y están agotadas. Encontraron a las escritoras consagradas que no alcanzan el nivel de los hombres y siguieron buscando para hacer una gran lista de mujeres que escriben y las listas no son muy extensas, son listas cortas y son tan escasas nuestras maestras de las letras que terminó colada en los listados hasta Estefanía Uribe Wolff. El panorama no puede ser más desolador.

De lista en lista y de Manifiesto en Manifiesto hasta los señoritos Ricardo Silva Romero y Juan Esteban Constaín trataron de alzar un poco la voz y parecer un poco indignados y acompañaron a las exmodelos y a otras mujeres a decir en tono de reproche: ¡En Colombia sí hay escritoras!

De este lamentable circo llamado Cultura Colombiana hay algo que podemos rescatar: por fin los lectores expertos y el público en general están empezando a notar que Catalina Ruiz-Navarro pasó por la universidad pero no fue tocada por el mundo académico y su feminismo y empoderamiento son tan frágiles que se pueden desbaratar en dos columnas. Esa es la noticia positiva.