Margarita Rosa de Francisco y La innombrable

Me han acusado de ser profesora de la Universidad Nacional de Colombia, de la Universidad Complutense de Madrid y de la Universidad de Stanford

Me han acusado de ofrecer el Premio Nobel de Literatura

Me han acusado de conocer todos los cafés de Chapinero

Me han convertido en personaje de novela

Me han compuesto canciones

Me han compuestos Cantos y Odas

Me han citado como epígrafe en un libro como si estuviera muerta

Me acaban de otorgar el título de Profesora de literatura

Me han terminado de convencer de que soy La Innombrable

De todos los intelectuales y artistas que he estudiado en este blog sólo Margarita Rosa de Francisco ha respondido; los demás guardan silencio cómplice cuando denuncio los plagios recurrentes de Catalina Ruiz-Navarro y los desatinos recurrentes de Carolina Sanín. Me he ocupado de escritoras con amigos y sin talento, roscas de artistas e intelectuales que posan de mamertos y denuncian la corrupción que carcome al país entero pero les gusta quedarse siempre con todo en ferias y fiestas de libro y de la cultura.

Ser La innombrable me gusta mucho, tanto como que se refieran a mí como Esa señora y ¡La Hijueputa Esa!

Con ustedes Margarita Rosa de Francisco reflexionando sobre la importancia de la verdad:

Hace ya casi un año leí una crítica feroz que me hizo una profesora de literatura, a través de Twitter, con respecto a mi rol como columnista. Ella es conocida en esa red por sus letras puntiagudas y capaces de destrozar en unos cuantos párrafos todo aquello que no le simpatiza.

El contenido de su diatriba me afectó bastante; sin embargo, una vez superada la parte que tuvo que ver con mi ego, me llamó la atención su estilo sencillo y preciso. Era uno de esos textos que se leen suavemente, sin más accidentes que el relieve natural de las palabras bien empleadas. Aunque no me gustó lo que decía, disfruté la forma de su discurso; en realidad, me encantó. Cuando se lo hice saber, se sorprendió y se refirió a su artículo como un acto de parresía o el arte de la injuria. Me cautivó aún más aquello de “el arte de la injuria”, no sé si porque el solo hecho de anteceder “el arte de” a cualquier actividad humana le concede a esta un rango de belleza.

Olvidé el asunto hasta que se me atravesó una transcripción de una conferencia sobre el tema dictada por Foucault.

La ‘parresía’ es un término griego que significa decir veraz, también se refiere al compromiso que tiene el sujeto con su decir. No tiene la parresía el que, porque sí, hiere a otro con sus palabras, sino quien ejerce también el arte de la ocasión para comunicarlas con total serenidad y franqueza. Más tarde, su significado empezó a asociarse con el insulto, tal vez porque en muchos casos decir lo que llanamente se piensa demanda valentía y asumir el riesgo de que la expresión sin filtros de ese pensamiento sea recibido como una ofensa. La profesora no me insultó, se limitó a escribir lo que opinaba con una crudeza que supo llevar a un apreciable nivel estético. 

Foucault analiza la parresía desde muchos ángulos, entre ellos su historia como instrumento de la política cuyo interés se concentra en “el alma del príncipe”. El gobernante precisaría de alguien confiable que, lejos de adularlo, le dijera al oído su verdad sin retórica ni contemplaciones (como hizo la profesora) y, a su vez, tener la correa para aguantarla como parte de una práctica ética.

El valor de lo bello en la parresía se jugaría entre dos interactuantes y radicaría en esa danza recíproca del decir libre y el escuchar, por qué no, con la misma audacia y coraje. Eso define el carácter parrésico; una posible y exótica virtud.

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/margarita-rosa-de-francisco/parresia-el-arte-de-injuriar-267720

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La impotencia del discurso veraz

Pero ahora puede plantearse la pregunta: ¿qué razón se aduce para que, en el juego democrático, el discurso veraz no se imponga al discurso falso? ¿Cómo puede ser, en resumidas cuentas, que un orador valeroso, un orador que dice la verdad, no sea capaz de granjearse el reconocimiento? O, para decirlo de otra manera, ¿cómo puede ser que gente que escucha al orador que dice la verdad no está en estado y condiciones de entenderlo, escucharlo y reconocerlo? ¿por qué y cómo, por qué motivo, la división entre el discurso veraz y el discurso falso no puede hacerse en la democracia? Creo que nos encontramos aquí ante un problema fundamental y que es preciso tratar de comprender. ¿Qué factores motivan que en democracia el discurso veraz sea impotente? ¿La impotencia de ese discurso le es inherente? Indudablemente no. En cierto modo, se trata de una impotencia contextual. Es una impotencia debida al marco institucional  en el cual ese discurso veraz aparece y procura hacer valer su verdad. La impotencia del discurso veraz en la democracia no obedece, claro está,  al discurso mismo, al hecho de que sea veraz. Obedece a la estructura propia de la democracia. ¿Por qué no permite ésta la discriminación entre el discurso veraz y el discurso falso? Porque en ella no se puede distinguir al buen y al mal orador, el discurso que dice la verdad y es útil a la ciudad, del discurso que miente, adula y es perjudicial.

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Decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos

El parresiasta interviene, dice lo que es, pero en la singularidad de los individuos, las situaciones y las coyunturas. Su papel específico no es decir el ser de la naturaleza y las cosas. En el análisis de la parrhesía se reencontrará de manera constante esa oposición entre el saber inútil que dice el ser de las cosas y el mundo y el decir real del parresiasta que siempre se aplica, cuestiona, apunta a individuos y situaciones para decir lo que en realidad son, decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos, revelarles su situación actual, su carácter, sus defectos, el valor de su conducta y las consecuencias eventuales de la decisión que tomen. El parresiasta no revela a su interlocutor lo que es. Le devela o lo ayuda a reconocer lo que él es.

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Sócrates parresiasta

Su deber, su obligación, su responsabilidad, su tarea, consiste en hablar, y no tiene derecho a sustraerse de esa misión. Lo veremos precisamente en Sócrates, que lo recuerda a menudo en la Apología. Ha recibido del dios la función de interpelar a los hombres, tomarlos por el brazo, hacerles preguntas. Una tarea que él no abandonará. Aún amenazado de muerte, la cumplirá hasta el final, hasta su último suspiro

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El ser humano y su ceguera

El parresiasta debe firmar sus dichos, tal es el precio de su franqueza. Revela y devela lo que la ceguera de los hombres no puede percibir, pero no levanta el velo que oculta el futuro. Levanta el velo de lo que es. El parresiasta no ayuda a los hombres a franquear de cierta manera lo que los separa de su porvenir, en función de la estructura ontológica del ser humano y el tiempo. Los ayuda en su ceguera, pero en su ceguera acerca de lo que son, acerca de ellos mismos, y por lo tanto no de una estructura ontológica sino de alguna falta, distracción y disipación moral, consecuencia de su desatención, una complacencia o una cobardía. Y es allí, en el juego entre el ser humano y su ceguera arraigada en una desatención, una complacencia, una cobardía o una distracción moral, donde el parresiasta cumple su papel, un papel de develador.

El parresiasta dice las cosas lo más clara, lo más directamente posible, sin ningún disfraz, sin ningún adorno retórico, de modo que sus palabras pueden admitir de inmediato un valor prescriptivo. El parresiasta no deja nada librado a la interpretación. Es cierto, deja algo por hacer: deposita en aquel a quien se dirige la dura tarea de tener el coraje de aceptar esa verdad, de reconocerla y hacer de ella un principio de conducta.

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Decir la verdad: la más extrema de las violencias

Para que haya parrhesía es menester que el sujeto al decir una verdad que marca como su opinión, su pensamiento, su creencia, corra cierto riesgo, un riesgo que concierne a la relación misma que él mantenía con el destinatario de sus palabras. Para que haya parrhesía es menester que, al decir la verdad, abramos, instauremos o afrontemos  el riesgo de ofender al otro, irritarlo, encolerizarlo y suscitar de su parte una serie de conductas que pueden llegar a la más extrema de las violencias. Es pues, la verdad con el riesgo de la violencia.

Para que haya parrhesía es necesario que en el acto de la verdad haya en primer lugar manifestación de un lazo fundamental entre la verdad dicha y el pensamiento de quien la ha expresado.

La parrhesía  implica cierta forma de coraje, cuya forma mínima consiste en el hecho de que el parresiasta corre el riesgo de deshacer, de poner fin a la relación con el otro que, justamente, hizo posible su discurso. De alguna manera, el parresiasta siempre corre el riesgo de socavar la relación que es la condición de posibilidad de su discurso. La parrhesía sólo puede existir si hay amistad, y donde el uso de la verdad amenaza precisamente poner en tela de juicio y romper la relación amistosa, que sin embargo, hizo posible el discurso de verdad.

Pero este coraje  también puede adoptar, en unos cuantos casos, una forma máxima cuando, para decir la verdad, no sólo haya que aceptar el cuestionamiento de la relación personal, sino que hasta puede suceder que se vea en la necesidad de arriesgar su propia vida. En consecuencia, no sólo arriesga la relación establecida entre quien habla y la persona a la que se dirige la verdad, sino que, en última instancia, hace peligrar la existencia misma del que habla, al menos si su interlocutor tiene algún poder sobre él y no puede tolerar la verdad que se le dice.

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