Catalina Ruiz-Navarro y Gustavo Rugeles

Desde hace más de seis meses el portal Plagiosos está esperando una explicación de Catalina Ruiz-Navarro, la Universidad Javeriana o El Espectador sobre el plagio comprobado de cuarenta páginas en su trabajo de grado para ejercer como filósofa. Ese mismo portal ha ido revelando nuevos plagios y autoplagios de la feminista estrella y todos los medios siguen guardando silencio. En las redes sociales menos de diez personas  han llamado la atención sobre el delito y ninguno de esos análisis o llamados de atención han logrado que los medios se fijen en el tema y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué los medios protegen a Catalina Ruiz-Navarro si todos saben que a medida que pasa el tiempo tiene menos credibilidad? ¿Por qué un asunto tan serio como el plagio en una persona que se posicionó como figura pública, intelectual, periodista y feminista pasa desapercibido en Colombia y hechos que deberían escandalizarnos menos porque son pan de cada día en uno de los países más subdesarrollados y violentos del mundo puede ser objeto de indignación durante semanas por medios oficiales, portales independientes y por tuiteros como si se tratara de un hecho extraordinario?

Gustavo Rugeles agredió a su novia en diciembre pasado y también agredió a su novia anterior hace dos años. En una hora tres mujeres en Colombia se acercan ante la autoridad competente para denunciar maltrato y violencia intrafamiliar, en quince días de 2018 en Colombia han muerto más de siete mujeres y quien cometió el crimen fue su pareja sentimental. El Caso Gustavo Rugeles ha sido registrado en todos los medios, fue primera página en El Espectador el domingo anterior, Daniel Coronell se ocupó del “nazi de Bosa” en su columna dominical de la revista Semana y el pobre muchacho, usado por los poderosos para publicar información delicada falsa o verdadera en el portal llamado El Expediente -donde aparece como Director- el pobre hombre enamorado del poder y de los poderosos,  joven aspiracionista como Catalina Ruiz-Navarro pero machista y sin fotos en bikini y como si fuera poco residente de Bosa (¿a quién le importa la vida y la suerte de un habitante de Bosa?), ese hombre que seguramente necesita ayuda psicológica y no ser usado como escudo entre enemigos que ejercen como políticos, abogados y periodistas poderosos que quieren más poder porque son avaros y escriben con odio, ese ser inocente llamado Gustavo Rugeles ha sido objeto de análisis y de repudio en todos los medios y la pregunta es simple: ¿Por qué siendo la violencia contra la mujer un hecho que no debería escandalizarnos tanto porque vivimos en medio de esa violencia desde que Colombia existe como República Independiente y mientras escribo esta frase un hombre está humillando, violando, despreciando o dándole golpes a la mujer que “ama”, por qué si el caso Rugeles es uno entre millones y han muerto varias mujeres en dos semanas en manos de sus parejas, por qué ese caso en particular ha sido y sigue siendo tan importante para todos los medios y tantos columnistas, incluida Catalina Ruiz-Navarro, quien también lo acusó de forma violenta en su columna de El Espectador?

 

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Periódicos y libros

Hace veinte años comprar el periódico y leerlo era interpretado y asumido como signo de estatus, había gente que se sentía inteligente y culta porque sabía cómo doblarlo, cómo organizarlo, cómo presumir con él en la sala de su casa, en la oficina, en el taxi o en el bus. Se andaba con el periódico debajo del brazo para presumir. Eso se acabó. Leer el periódico se convirtió en una actividad tediosa, es más fácil y efectivo leer noticias sueltas en versión digital compartidas en las redes sociales que manipular ese papel feo y sin gracia, sin contar con que ahora no hay grandes periódicos y la gente ha dejado de comprarlos porque los distribuyen en las esquinas de forma gratuita y quienes se sienten privilegiados con ese regalo maravilloso son las personas que constituyen la base de la sociedad, es decir la mayoría de los colombianos, los que no gozaron el “privilegio” de ser suscriptores de El Tiempo o El Espectador. Estas personas no son conscientes de que no consumen noticias sino publicidad, la peor publicidad.

Las noticias que publican periódicos como ADN o Publimetro son redactadas por aficionados que se toman por periodistas o por periodistas recién egresados que no encontraron un trabajo bien remunerado y tuvieron que conformarse con este. Se consuelan con la idea de que trabajan para un medio y seguramente se presentan ante sus amigos como periodistas; lo que no saben es que los grandes periodistas, los profesionales de la escritura, el redactor y el investigador rigoroso y autoexigente es una especie en vía de extinción, están condenados a desaparecer. El destino de los periodistas no es ni siquiera un medio virtual tipo La silla vacía o KienyKe sino su propio espacio, sea en un blog o en una página propia. La miseria de los medios digitales, de los “nuevos medios” es que en esos espacios impera la mediocridad, el maltrato a la lengua, el afán de inmediatez y los publireportajes.

¿Un periodista con vocación se tomaría el trabajo de publicar en un periódico de circulación gratuita, sea en papel o en versión digital? ¡no! No tiene sentido engañarnos de semejante manera.

Hacer periodismo como se hacía hace veintes años es un sueño imposible de realizar en este momento. Probablemente desaparecerá el periódico y los medios tradicionales terminarán doblegándose ante las redes sociales, se impondrán los espacios como Twitter porque las noticias dejaron de ser noticias. Cada día tiene su evento, su chiste, su escándalo y su forma de expresarlo de forma divertida o poética a través de un tuit que será leído por millones de usuarios ávidos de saber qué está ocurriendo en el tiempo presente, en el instante puro, no precisamente para tomar partido y para tratar de modificar el estado de la cosas sino por simple diversión y morbo.

Los periódicos desaparecerán pero los libros no, ese es el consuelo dirán algunos, esa es la verdadera aristocracia, digo yo. Los lectores de periódicos siempre fueron masa, una masa estúpida y dominada. Ahora no estamos seguros de si en el futuro se impondrán las redes sociales y los dispositivos para acceder a éstas o si el imperio más efectivo para dominar a las masas estúpidas seguirá siendo la televisión, el fútbol, los dispositivos tecnológicos y Adidas.

La buena noticia es que los libros no desaparecerán porque no desaparecerán los lectores de libros. No desaparecerán y lo dice una lectora consagrada como yo. Pueden aparecer todos los dispositivos, todos los soportes, toda la juguetería tecnológica y sofisticada, liviana y amigable, pero la experiencia de ir a las bibliotecas, a las librerías, el placer de ver envejecer un libro, de regalarlo y volverlo a comprar después de veinte años; el placer de subrayar, pasar páginas y observarlas no se compara con ninguna gran experiencia digital.

Es un privilegio contar con este blog para publicar sin intermediarios, sin censura, pero el placer de leer un libro no se compara con ningún tipo de placer. El cerebro no acepta la experiencia virtual como algo muy estimulante a nivel intelectual cuando se ha pasado la mayor parte de la vida leyendo libros, no periódicos o viendo  programas de televisión.

Los lectores de libros siempre han sido una minoría absoluta y por eso es tan fácil decir que el libro va a desaparecer, la mayoría de los cibernáutas no los extrañarán porque para la mayoría de los seres humanos los libros no forman parte de su vida, la lectura no se ha constituido  en una experiencia imprescindible. No pierden nada cuando dicen que desaparecerá el libro porque nunca los tuvieron, porque no conocen la trascendencia de lo que significa leer.

Felipe Restrepo Pombo: celebridad del “nuevo periodismo”

Tuve el placer de leer a Felipe Restrepo Pombo sin saber quién era, encontré por casualidad una biografía de Francis Bacon (el pintor) y sin pensarlo mucho compré el bendito libro. La vida de Bacon es alucinante y quería saber cómo abordaría un biógrafo contratado por Panamericana a este personaje tan particular.

Me encantó el estilo del biógrafo y la forma en que aborda la vida del artista, sentía plena identificación entre el objeto de estudio y el observador. Me emocioné al saber que se trataba de un periodista  bogotano y Felipe es muy bogotano, nada que  ver con  Fernando Molano, el homosexual pobre y feo que murió de sida poco tiempo después de su “compañero” Diego y que ahora, gracias a Héctor Abad Faciolince y a David Jiménez Panesso, va directo al Olimpo de las Letras Colombianas que compartirá con Andrés Caicedo, no precisamente por su estilo o la originalidad de los temas tratados en las obras sino gracias a su “muerte prematura”. En la biblioteca Luis Angel Arango le montaron un altar a Fernando -el bogotano pobre que aprendió a amar la literatura en las salas de esta  biblioteca- con el propósito de exaltar su Grandeza nacida de la pobreza y la fealdad.

Felipe Restrepo Pombo no tiene nada que ver con el muchacho pobre  y feo que soñaba con conocer el mar y correr desnudo por la playa tomado de la mano de su Diego, introducirse lentamente y amarse todavía más lentamente bajo aguas recién descubiertas… No, nuestro periodista estrella es mucho más cosmopolita: ha recorrido dos veces el mundo en busca de celebridades para entrevistar y luego perfilar en revistas tipo  SoHo, el espacio donde concurre la “nueva camada” de los Nuevos Cronistas de Indias, la fábrica de premios para “el mejor cronista colombiano”: Alberto Salcedo Ramos.

El título del libro es vendible: “Nunca es fácil ser una celebridad” y Felipe, como toda una celebridad del periodismo colombiano, ha aceptado entrevistas para casi todos los medios. Nos explica por qué es tan emocionante entrevistar celebridades y luego escribir sobre esos hombres y mujeres que él quiere presentar como simples seres de carne y hueso, como tú o como yo, pero que no puede dejar de exaltar en sus perfiles que saben a libro viejo porque no son textos pensados  para un libro sino que son encargos publicados en varias revistas durante los últimos quince años y que algún editor intuitivo de Planeta vio con buenos ojos para vender muchos ejemplares.

Felipe se prestó para el juego, pudo haber escrito otra biografía tan buena como la de Francis Bacon, algo uniforme y calculado, pero prefirió ceder a los requerimientos del mercado y al placer de ser la celebridad del momento gracias al lanzamiento de su  nuevo libro.

Lo más ofensivo de este tipo de perfiles, tan de moda en todas las revistas culturales y de farándula en Colombia, tiene que ver con el hecho de que estos periodistas consideran que por el simple hecho de observar el contexto en el que la celebridad se mueve, porque “estudian” cada uno de sus movimiento de manos y de ojos, porque revisan una y otra vez sus respuestas y sus titubeos, porque se ponen en contacto con amigos y enemigos de la víctima, porque recorren cada uno de los pasos que ha andado la estrella del momento, se ponen por encima del protagonista de la historia y se sienten con el derecho para interpretarlo, juzgarlo y ponerlo en ridículo ante sus ávidos lectores necesitados de morbo. La víctima puede ser Hugo Chávez o el último eliminado en el reality de Caracol.

Felipe se da el lujo de exaltar a Juanes y de burlarse de Houellebecq; nos presenta la imagen desgastada que todos conocemos de Ingrid Betancourt y de Antanas Mockus, nos recuerda que Ruven Afanador es grande gracias a una copia vil de la información que se encuentra de este fotógrafo de celebridades en Wikipedia. Una de dos: o nuestro Felipe fusila “biografías” de Wikipedia o es colaborador de esta nueva enciclopedia. ¡Increíble e inadmisible!

No-es-facil-ser-una-celebridad

¿Por qué no podría ser columnista?

Este año me invitaron a ser columnista y acepté, me preguntaron si quería publicar mi columna cada ocho días o cada quince y yo respondí sin dudar: “cada ocho días”. Quería escribir -claro- sobre procesos de escritura en las redes sociales, tenía mucho que decir y lo diría y empecé a escribir mi columna semanal. Cuando había escrito cuatro o cinco profundas reflexiones sobre Twitter, twitteros y tweets sentí que a medida que publicaba se agotaban las ideas y que no podía fallarme a mí misma, no podía olvidar que me había prometido muy joven -a los nueve años- no repetir lo mismo cien veces por plata, prestigio, orgullo u obligación y que sería una tontería ceder a los cuarenta.

Después de haber publicado menos de diez textos le escribí a quien me había invitado a ser columnista: “Pensé que tenía mucho que decir pero no era cierto y no quiero escribir sin deseo, no quiero escribir por escribir, no quiero posar de intelectual, inteligente, crítica, contestataria, informada o actualizada, no quiero parecer forzada como casi todos los columnistas en algún momento de su triste carrera”.

A veces pienso en los columnistas por contrato y siento escalofrio, una semana se pasa muy rápido y no cambia mucho el panorama como para que todos los pensadores tengan algo que decir, algo tan bien pensado que ponga en actitud reflexiva a sus lectores. También pienso en María Isabel Rueda: todos los días en W Radio Colombia anuncian a la “pensadora” con un “Y mientras tanto, ¿qué se estará preguntando María Isabel?”. María Isabel Rueda no me parece precisamente la gran pensadora colombiana pero ella se obliga a hacerse dos o tres preguntas trascendentales cada mañana. Yo no podría vivir así, el mejor tiempo es el que transcurre tranquilamente y creo que las grandes ideas, las grandes preguntas, los grandes pensamientos, aparecen en el momento menos pensado, sin que lo planeemos, sin que nos paguen por pensar.