Diálogo socrático sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral

tú eres de mis favoritas. Te sigo con placer a pesar de que equiparen mi carácter con el tuyo y eso me traiga problemas en la vida real, pero como dijo Madonna “if you can’t take the heat, stay out of the kitchen”…

Si te traigo problemas en la vida real lo mejor es que no me sigas.

Eso le dijeron a San Pedro. Si la gente tiene un problema contigo o conmigo, suena raro, pero no es mi problema.

Pero no te conozco, nunca te he visto, ¿Cómo es posible que te haga daño y le haga daño a esa gente que te recomienda que me evites si no hablo con más de tres personas aparte de mi familia?

Muchos se toman muy personal esta red social. Yo me la tomo en serio pero solo en esta red social, dentro de ella. Es un tema complicado porque justamente este yo de aquí es el mismo afuera. Te sigo hace mucho y siempre has sido consecuente, en eso sí se puede confiar.

Se lo toman tan personal que creen que hago daño digitando. ¡Pobres seres humanos! ¿No es más fácil ignorar como dicen ellos mismos? ¿Por qué leen si les molesta tanto? Nunca sigo a más de cincuenta personas porque no hay a quién más seguir. Es tan triste todo en Colombia.

La verdad, lo verdadero, lo realmente honesto es una gema… es preciosa porque es absoluta y obvio no es común. Yo es que amo la verdad, por rara, fea y rechazada que sea. No podría ser un bienpensante a pesar de ser un ser humano indigno, vil y mentiroso.

A mí me gusta la verdad insolente, la que pone a estos cerdos colombianos a temblar de ira y a decir que me van a dejar sin trabajo, me van a matar, me van a echar ácido; la que los pone a decir que me invento la vida que vivo y tengo ochenta cuentas aquí.

La verdad es fea… la mentira es bonita. Mentir es ético, suave, lacio, fluido, blandito, sonriente, conciliador… la verdad es escabrosa, corrugada, maloliente, áspera, dura, asfixiante, triste, cruel, disociadora y sobre todo solitaria.

Yo paso la vida espantando gente. La soledad no es la condena por ser como soy sino algo que he elegido y eso también ofende a la horda, creen que tienen derecho sobre mí porque les gusta lo que leen y estoy obligada a hablar con ellos porque son mis “fans”. Pobres seres.

Lo que me gusta de túiter es que uno ve a la gente por lo que realmente es. Es un acceso directo al cerebro de los usuarios.

La mayoría de los colombianos no lo han estrenado.

Por:

Camilo Jiménez Varón y Elsy Rosas Crespo

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La impotencia del discurso veraz

Pero ahora puede plantearse la pregunta: ¿qué razón se aduce para que, en el juego democrático, el discurso veraz no se imponga al discurso falso? ¿Cómo puede ser, en resumidas cuentas, que un orador valeroso, un orador que dice la verdad, no sea capaz de granjearse el reconocimiento? O, para decirlo de otra manera, ¿cómo puede ser que gente que escucha al orador que dice la verdad no está en estado y condiciones de entenderlo, escucharlo y reconocerlo? ¿por qué y cómo, por qué motivo, la división entre el discurso veraz y el discurso falso no puede hacerse en la democracia? Creo que nos encontramos aquí ante un problema fundamental y que es preciso tratar de comprender. ¿Qué factores motivan que en democracia el discurso veraz sea impotente? ¿La impotencia de ese discurso le es inherente? Indudablemente no. En cierto modo, se trata de una impotencia contextual. Es una impotencia debida al marco institucional  en el cual ese discurso veraz aparece y procura hacer valer su verdad. La impotencia del discurso veraz en la democracia no obedece, claro está,  al discurso mismo, al hecho de que sea veraz. Obedece a la estructura propia de la democracia. ¿Por qué no permite ésta la discriminación entre el discurso veraz y el discurso falso? Porque en ella no se puede distinguir al buen y al mal orador, el discurso que dice la verdad y es útil a la ciudad, del discurso que miente, adula y es perjudicial.

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Decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos

El parresiasta interviene, dice lo que es, pero en la singularidad de los individuos, las situaciones y las coyunturas. Su papel específico no es decir el ser de la naturaleza y las cosas. En el análisis de la parrhesía se reencontrará de manera constante esa oposición entre el saber inútil que dice el ser de las cosas y el mundo y el decir real del parresiasta que siempre se aplica, cuestiona, apunta a individuos y situaciones para decir lo que en realidad son, decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos, revelarles su situación actual, su carácter, sus defectos, el valor de su conducta y las consecuencias eventuales de la decisión que tomen. El parresiasta no revela a su interlocutor lo que es. Le devela o lo ayuda a reconocer lo que él es.

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El ser humano y su ceguera

El parresiasta debe firmar sus dichos, tal es el precio de su franqueza. Revela y devela lo que la ceguera de los hombres no puede percibir, pero no levanta el velo que oculta el futuro. Levanta el velo de lo que es. El parresiasta no ayuda a los hombres a franquear de cierta manera lo que los separa de su porvenir, en función de la estructura ontológica del ser humano y el tiempo. Los ayuda en su ceguera, pero en su ceguera acerca de lo que son, acerca de ellos mismos, y por lo tanto no de una estructura ontológica sino de alguna falta, distracción y disipación moral, consecuencia de su desatención, una complacencia o una cobardía. Y es allí, en el juego entre el ser humano y su ceguera arraigada en una desatención, una complacencia, una cobardía o una distracción moral, donde el parresiasta cumple su papel, un papel de develador.

El parresiasta dice las cosas lo más clara, lo más directamente posible, sin ningún disfraz, sin ningún adorno retórico, de modo que sus palabras pueden admitir de inmediato un valor prescriptivo. El parresiasta no deja nada librado a la interpretación. Es cierto, deja algo por hacer: deposita en aquel a quien se dirige la dura tarea de tener el coraje de aceptar esa verdad, de reconocerla y hacer de ella un principio de conducta.

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Decir la verdad: la más extrema de las violencias

Para que haya parrhesía es menester que el sujeto al decir una verdad que marca como su opinión, su pensamiento, su creencia, corra cierto riesgo, un riesgo que concierne a la relación misma que él mantenía con el destinatario de sus palabras. Para que haya parrhesía es menester que, al decir la verdad, abramos, instauremos o afrontemos  el riesgo de ofender al otro, irritarlo, encolerizarlo y suscitar de su parte una serie de conductas que pueden llegar a la más extrema de las violencias. Es pues, la verdad con el riesgo de la violencia.

Para que haya parrhesía es necesario que en el acto de la verdad haya en primer lugar manifestación de un lazo fundamental entre la verdad dicha y el pensamiento de quien la ha expresado.

La parrhesía  implica cierta forma de coraje, cuya forma mínima consiste en el hecho de que el parresiasta corre el riesgo de deshacer, de poner fin a la relación con el otro que, justamente, hizo posible su discurso. De alguna manera, el parresiasta siempre corre el riesgo de socavar la relación que es la condición de posibilidad de su discurso. La parrhesía sólo puede existir si hay amistad, y donde el uso de la verdad amenaza precisamente poner en tela de juicio y romper la relación amistosa, que sin embargo, hizo posible el discurso de verdad.

Pero este coraje  también puede adoptar, en unos cuantos casos, una forma máxima cuando, para decir la verdad, no sólo haya que aceptar el cuestionamiento de la relación personal, sino que hasta puede suceder que se vea en la necesidad de arriesgar su propia vida. En consecuencia, no sólo arriesga la relación establecida entre quien habla y la persona a la que se dirige la verdad, sino que, en última instancia, hace peligrar la existencia misma del que habla, al menos si su interlocutor tiene algún poder sobre él y no puede tolerar la verdad que se le dice.

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