Margarita Rosa de Francisco y la crítica literaria

Para que haya parrhesía es menester que, al decir la verdad, abramos, instauremos o afrontemos  el riesgo de ofender al otro, irritarlo, encolerizarlo y suscitar de su parte una serie de conductas que pueden llegar a la más extrema de las violencias. Es pues, la verdad con el riesgo de la violencia.

Michel Foucault en El coraje de la verdad

 

Escribo desde hace más de veinte años y todavía no existo como escritora ni como crítica literaria en Colombia a pesar de que mucha gente lee lo que escribo en el blog, en Twitter y en otros medios. Leen el silencio, comparten los textos, murmuran entre ellos, se piden unos a otros no nombrarme, hacen de cuenta que no existo, pero cada cierto tiempo se arma el alboroto por algo que escribí y estalla un nuevo escándalo que en algunas ocasiones viene acompañado de amenazas de muerte, amenazas de ataque con ácido, censura, intimidación, calumnias y de nuevo me dicen que me van a dejar sin trabajo y sin honor.

Son ya casi diez años ocupándome de Figuras Ilustres de la Intelectualidad Colombiana y lo que trato de hacer es un ejercicio de crítica cultural con un toque de parrhesía. Sigo viva porque los milagros existen o porque todavía no he escrito sobre la gente verdaderamente peligrosa de este pobre país sin esperanza hundido en la ignorancia y el fanatismo.

Escribí un post sobre Margarita de Francisco que pretendía llegar a lo más íntimo de su ser para ofenderla y no se ofendió, se ofendieron  sus admiradores. Ella dice que se aparta de la persona que escribe y se queda con la escritura, con el don de la palabra,  el ritmo de las frases y Oh, sorpresa, resulta que no se ofendió la actriz de telenovela, la mujer a la que llamé frívola y superficial y, en cambio, han estado a punto de devorarme (cuando me he burlado un poco de ellos por su falta de talento, sus poses, su falta de rigor y su falsedad) los escritores, los intelectuales, la gente ilustre que escribe sobre la paz, el respeto, la tolerancia, el amor universal y la libertad de expresión.

Si Margarita no se ofendió con el texto reconozco en ella a una mujer que si está fingiendo es la mejor actriz que ha nacido y si no está fingiendo es la mujer más sensata, refinada, segura de su propia valía y civilizada  que ha nacido en el país del Usted no sabe quién soy yo.

Con ustedes, el post:

Cuando era niña veía televisión y oía radio con mucha atención. Veía a Margarita Rosa de Francisco y también la oía. Ella quería ser famosa, sabía que era bella, se presentaba como una mujer fuerte, con carácter, convencida de que sería grande y llegaría lejos y entre más la veía y más la oía más me convencía de que no es una Artista sino una diva de la horrenda televisión colombiana y las revistas de chismes y vulgaridad, una mujer superficial esclava de la fama barata, esclava del cuerpo y la apariencia, feliz con lo que proyecta ante la mirada ajena, ante un público bastardo, la base de la sociedad, la gente que ve telenovelas y lee revistas horribles en supermercados y salones de belleza.

Margarita quiso ser actriz de cine y cantante y no fue ni lo uno ni lo otro y ahora, después de los cincuenta, le está apostando a la filosofía y a la literatura, y como es la diva de millones de imbéciles, fans sin formación literaria ni filosófica, gente que no ha leído más de veinte libros en su vida, le siguen el juego, le hacen creer que es Artista y Pensadora y ella en pose humilde dice como Silva, haciéndose la boba: ¡¿Poeta yo?! ¡¿Filósofa yo?! ¡¿Pensadora yo?!  ¡¿Referente intelectual yo?! Y los millones de imbéciles le siguen el juego y la hacen ver humilde y profunda, como si fuera la versión femenina de Sócrates.

Crecí viendo y oyendo a Margarita Rosa de Francisco, viendo fotos suyas en revistas al lado de los “famosos”, afiches tirados en el suelo y portadas de revistas; la oía en tono arrogante hablando de los grandes proyectos que nunca realizó y nunca hablaba de literatura ni de filosofía sino de música y cine y en su arrogancia, sobradez y falta de sentido común se sentía más grande que Shakira y Sofía Vergara juntas y mientras la veía y la oía nunca se me pasó por la mente que pasados los cincuenta quisiera seguir figurando y entonces ahora la vemos como tuitera estrella, referente nacional y pensadora ilustre.

Toda la basura y superficialidad de la que fue esclava cuando era joven y adulta la quiere convertir en su Sabiduría pero lo que ella no sabe es que los únicos que pueden creer semejante patraña son sus admiradores, los televidentes de Caracol, RCN y lectores de revistas-basura; su fuerte no es la sabiduría sino actuar en telenovelas y  quién ve telenovelas, ¿Cuál es el maravilloso público que la adora? ¿Se puede tener talento para presentar un reality? ¿Quién ve un reality? ¿Quién se desvive de emoción ante una reina o ante una mujer a la que le montaron una telenovela en vivo con Carlos Vives y con la que se veía bastante complacida porque se sentía como una especie de Lady di criolla? ¿Una persona inteligente y profunda, una filósofa o una escritora hace todo eso, mezcla todas esas facetas, se expone en público y se convierte en la reina de las amas de casa y cree que eso es llegar lejos en la vida?

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¿Para qué sirve la crítica literaria?

Apareció una nueva defensora ilustre de Catalina Ruiz-Navarro: Adriana Cooper. Escribió una columna sentimental en la revista Arcadia sobre el valor de lo pequeño y lo que de verdad importa. Nada dijo sobre los 53 pares de comillas que faltan en cuarenta páginas del trabajo de grado que Catalina presentó en la universidad Javeriana para ejercer como Filósofa y en vez de pedirle explicaciones a ella termina dando a entender que Mario Jursich es una mala persona porque le explica a Catalina Ruiz-Navarro en dos ocasiones que no sabe leer literatura y que debe dar explicaciones sobre su monumental plagio.

Ante la imposibilidad de defender lo indefendible la nueva amiga de Catalina Ruiz-Navarro apeló a las emociones, a la bondad, a que vinimos al mundo a darle besos, abrazos y palmaditas en la espalda a nuestro prójimo y que la crítica literaria no sirve para nada porque todos tenemos defectos y si necesitamos manifestar un sentimiento negativo acerca de otro ser humano debemos hacerlo con palabras dulces y en privado para no herir las fibras más sensibles del otro y para que nosotros ascendamos un paso  en nuestro Camino hacia el Cielo. Pura palabrería estúpida de libro de autosuperación para evadir lo que de verdad importa: el plagio de cuarenta páginas y la deshonestidad intelectual de Catalina Ruiz-Navarro.

Busqué información en internet sobre esta erudita y descubrí que es tan polifacética como Catalina Ruiz-Navarro: publica en seis o siete medios y posa de crítica. Ante intelectuales tan poco rigurosas como ella y tan feministas en el peor sentido de la palabra -entendiendo como feminismo defender a las mujeres por su condición de mujeres aunque no tengan talento para nada (la famosa sororidad)-, ante posturas tan lamentables ante la crítica sería preferible que no existiera porque duele mucho saber que personas con supuesta formación académica tengan una idea tan fuera de lo académico, de lo que es el arte y cuál es la función de la crítica y los críticos.

Adriana Cooper asume las obras como cositas lindas y parece no imaginar que si Catalina Ruiz-Navarro se presenta como crítica literaria y maestra en artes visuales uno como lector esperaría que supiera apropiarse de estas obras pensando en las famosas reglas del arte, en la historia y la tradición; uno esperaría de parte de ella interpretaciones pertinentes de las obras que aborda y nos encontramos siempre con su falta de inteligencia, su nula capacidad de análisis, su incipiente formación en teoría y crítica. Catalina y Adriana deberían entender de una vez por todas y para siempre que si quieren acabar con el machismo y con el heteropatriarcado lo primero que deben hacer es empezar a estudiar en serio, repetir las carreras profesionales que hicieron y dejar de creer que los sentimientos y las intenciones están por encima de los hechos, la racionalidad, la teoría y el análisis riguroso de las obras de arte teniendo en cuenta el contexto. Esas son lecciones que se aprenden antes de terminar el cuarto semestre en una carrera de literatura o de artes visuales.

A continuación la parte final del texto de Adriana Cooper, la primera no me interesa mucho. Lea, amable lector, y saque sus propias conclusiones:

“Después de leerlo surgen preguntas: ¿Son necesarios tantos adjetivos y además negativos, para referirse al intelecto de una persona? ¿El hecho de que alguien se equivoque invalida todo su aporte intelectual previo? ¿Juzgamos a la gente con fuerza en el ámbito académico para validar un prejuicio inconsciente que tenemos, quitarnos una incomodidad hacia una situación que nos refleja esa persona, cobrarle algo, o simplemente para sentirnos superiores? ¿Se justifica la vergüenza pública producida por un texto, o hubiera sido más efectivo hablar con esa persona en privado para entender mejor su punto de vista o manifestarle una sugerencia o desacuerdo? ¿Necesita García Márquez que lo respaldemos con tanto ahínco cuando su talento ya hizo que sus obras se defiendan hasta la eternidad? ¿Las respuestas están afuera o dentro de nosotros mismos?

Algunos escritores experimentados suelen recomendar esto a sus alumnos cuando empiezan a escribir cuentos, y algunos autores sin mentor lo hicieron por instinto: “No juzgue al personaje con adjetivos ni incluya reflexiones críticas con el fin de orientar al lector hacia esos juicios para que los ratifique, porque el lector por sí mismo hará su propia interpretación”. Lo mismo podría aplicar a otras situaciones de la vida”.

http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/adriana-cooper-sobre-catalina-ruiz-navarro-y-mario-jursich/67237